La cola del avión descansaba sobre la arena del desierto, una silueta oxidada y solitaria que se alzaba contra un cielo azul de nubes blancas. Una estampa inesperadamente plácida para un lugar como aquel. El suelo crujió bajo mis pies al bajar del coche, y tras un momento de duda, caminé hacia los restos. No quedaba demasiado del fuselaje así que supuse que sería el refugio de uno, o como mucho dos de aquellos salvajes caníbales que me había encontrado antes. Al acercarme al hueco de la puerta, una sombra barbuda confirmó mis sospechas.

El hombre se abalanzó sobre mí, haciendo que me tambalease. Retrocedí y devolví sus puñetazos, justo a tiempo para ver otro rostro amenazador unirse a la pelea. Un golpe seco en la mandíbula tumbó al primero. El segundo no tardó en sufrir el mismo castigo y su cuerpo tiznado por el humo y grasa de motor rodó por la duna.

Al cruzar el umbral de su refugio descubrí un pasadizo circular que se internaba en las profundidades y me di cuenta de mi error. Al estrellarse, el avión se había empotrado en el desierto, partiéndose en dos. La parte que quedaba en el exterior era la más pequeña. Los carroñeros habían excavado el lugar, convirtiéndolo en una guarida inestable y peligrosa.

Había luz al final, pero ningún movimiento. La puerta a mi derecha parecía la más accesible, al cruzarla me topé con una estancia que debía hacer las veces de dormitorio y cocina. Dos barbudos más aparecieron de repente, el primero intentó clavarme un pincho improvisado en un costado, el segundo amagó con un puñetazo, que no me dio por centímetros. Era difícil pelear en tan poco espacio. Me zafé como pude y lancé un par de golpes. Con un crujido de huesos rotos, el primero de los asaltantes se derrumbó. Su compañero trató de alcanzarme otra vez pero le agarré por el cuello y le arrojé contra la pared, donde quedó tirado como un muñeco, inconsciente, o quizá muerto.

Agotado, bebí unos sorbos de agua de un destilador de rocío y registré el lugar con rapidez. Lo único de valor eran algunas piezas de un motor, una foto vieja y poco más. Salí por la puerta del extremo opuesto, ansioso por escapar de aquel lugar que parecía una tumba y volver a ver la luz del sol. Con un aullido, el último habitante de aquella sórdida cueva de metal surgió de la oscuridad…

 
 
 
 

2 comentarios:

  1. Terminaré haciéndome con él... aunque no se cuando lo podré jugar... La verdad es que las capturas son muy aparentes

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