Sus pies se hundían en la mullida capa de musgo que rodeaba el cementerio. Era una sensación extraña, frágil y esponjosa, que le hacía pensar en una corteza que fuese a romperse en cualquier momento para dejarle caer entre aquellas tumbas llenas de ataúdes desmenuzados por la humedad. Pero no ocurrió así y siguió caminando entre lápidas grises y niebla. El bosque había recuperado parte del terreno hacía años. Las raíces de los árboles nuevos habían hecho presa de las piedras más cercanas y las resquebrajaban con una violencia expresada a cámara lenta. Ya nadie era enterrado en aquel lugar.

Era un pueblo de gente humilde, así que solo dos panteones se erguían entre las hileras de cruces más modestas. La puerta del primero estaba corroída y se había vencido sobre los goznes. En el interior lo único que había era un montón de hojas húmedas a las que el viento había querido dar sepultura allí. Los nichos estaban vacíos y no había restos que apuntasen a un saqueo. Quizá la familia había decidido que ya no era tiempo de dejar a sus difuntos descansando a la intemperie. En el panteón junto a ese, la reja se mantenía en pie. En algún momento del pasado estuvo cerrada por una cadena y un candado, que ahora acumulaban óxido a poca distancia de la entrada. Empujó la puerta, que se movió con un lastimero quejido. En el centro de la estancia, el bulto pálido de un cadáver desnudo descansaba bajo la mirada acusadora de un ángel de piedra.

Se agachó junto al cuerpo, sin atreverse a apartar los mechones que se pegaban a su rostro. La larga melena negra hacía ahora de improvisada mortaja. Justo como él había soñado.

De repente, una mano fría le sujetó por la muñeca con una presa férrea e implacable.

—Al fin... —dijo una voz sibilante que provenía del rostro cubierto de pelo enmarañado. Unos dientes afilados surgieron de los labios entreabiertos.

En otro punto, muy lejano, una persona diferente tuvo un extraño sueño con un cadáver.




Photo by Scott Rodgerson on Unsplash

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