Ver 30 monedas es como que Hannibal Lecter te invite a cenar y te sirva hummus y braseado de verduras. Muy bueno, pero esperaba más. La serie de Alex de la Iglesia es todo un hito porque en España no suelen hacerse cosas de este tipo y siempre es agradable ver el género fantástico tratado por un verdadero fan (y además rolero). No es casualidad que desde el principio dé la impresión de ser una campaña moderna de La Llamada de Cthulhu… una sospecha que se corrobora en el último capítulo. Pero a pesar de tener tanto a su favor, 30 monedas se queda corta, con un final que no resuelve ninguno de sus puntos oscuros sino que decepciona. De esa sensación de que algo falta viene título de esta reseña.

A partir de aquí habrá spoilers de todo tipo, así que si no la habéis visto, es el momento de dejar de leer.

Mi película preferida de Álex de la Iglesia es La comunidad, quizá porque es la única en la que siento que supera uno de sus mayores problemas, concluir de forma satisfactoria sus historias. Desde Acción Mutante a Las brujas de Zugarramurdi, pasando por su indispensable El día de la Bestia, sus tramas comparten ideas originales y gamberras, personajes icónicos, arranques con mucha fuerza y, por desgracia, un último acto un poco endeble que suele desfondarse con rapidez. Esa parte es la más complicada para cualquier autor, porque el entusiasmo y la inspiración del principio no suelen durar hasta el final y requiere esfuerzo, además de una buena planificación, saber dar el golpe de efecto que remate la obra.

30 monedas hace un buen trabajo construyendo un mundo propio y una mitología interesante a lo largo de sus ocho capítulos, con esa curia paralela cainita que opera bajo la sombra del Vaticano, los milagros convertidos en magia, las criaturas espeluznantes, las reliquias de poderes variados… Pero no funciona tan bien dando cohesión a las tramas individuales ni carisma a sus protagonistas. Ambas cosas van relacionadas, porque ninguno de ellos tiene arcos de desarrollo u objetivos propios, más allá de sobrevivir. Solo el padre Vergara destaca en este apartado, pero él parte con ventaja, tanto por el actor que le interpreta, que tiene muchas más tablas, como por su impresionante despliegue físico. Ni Megan Montaner ni Miguel Ángel Silvestre logran conectar con el espectador, porque tampoco queda claro qué quieren en esta historia ni qué están haciendo para lograrlo. Sufren del peor mal del protagonista: reaccionar en vez de actuar. Y eso obviando el problema más habitual de muchos actores españoles, ser incapaces de decir sus diálogos sin que parezca que están declamando en un teatro.



Por poner un ejemplo opuesto, en El día de la Bestia el padre Berriartúa está enfocado y siempre le vemos obrando con una dirección y un sentido: cada uno de sus actos va destinado a lograr su misión de contactar con el Maligno y averiguar dónde va a nacer el Anticristo. Eso no solo arrastra al espectador sino que encadena de forma lógica todas las escenas. Algo que no pasa en 30 monedas, donde se podría eliminar uno o varios episodios sin que nada se resintiese en el cómputo final.

Siendo justos, mentiría si dijese que es una serie aburrida. A cualquiera que le guste el género fantástico le va a encantar, porque en cada entrega hay escenas que sorprenden, intrigan o ponen los pelos de punta. Mi favorita es el descenso a la catedral enterrada bajo los túneles del metro para recuperar una moneda ¡oculta en el ojo móvil de un enorme Cristo colgado del revés! Original, evocadora y digna de Indiana Jones. Pero las carencias estructurales están ahí, los personajes entran y salen de manera confusa, cambian de dirección de un capítulo a otro, pasan de ser decididos y llevar las riendas a quedarse ahí mirándolo todo con sorpresa y pánico. Incluso el propio Vergara se pierde por el mundo sin mucha explicación. ¿Es un homenaje a los viajes de las campañas míticas de La Llamada de Cthulhu, como Las máscaras de Nyarlathotep? Al final se hace evidente que por muchos momentos de genialidad que uno se saque de la manga, y por muchas veces que se deje boquiabierto al espectador, si el guion falla poco se puede hacer. Y así llegamos al último capítulo.

La apocalíptica visión de un cura armado con dos UZIs cargadas con balas mojadas en agua bendita ya nos anticipaba que algo grande iba a pasar. Yo, supongo que igual que todos, me frotaba las manos imaginando la batalla apocalíptica. ¡Además el enemigo se había hecho con la última moneda! ¿Qué poderes liberarían todas juntas? Y en efecto, la criatura demoníaca hizo su aparición, en la forma de un viejo conocido para los fans de Lovecraft, el dios primigenio Nyarlathotep, surgiendo del suelo con un infierno llameante bajo él y cientos de almas atrapadas sobre su cuerpo. Pero no fue la traca final, sino solo el arranque, y tal y como vino, se fue. Después los minutos pasarían mostrando los preparativos de los sectarios para un ritual, interminables carreras de los protagonistas por pasadizos, el grupo separándose para no volver a reunirse… y como colofón, el combate definitivo entre el Bien y el Mal se resolvió con un señor tirando a otro señor por un balcón. De las treinta monedas, al fin reunidas, y su tremendo poder no se supo nada. Fundido a negro y a esperar a la siguiente temporada.

Me resulta tan extraño que un director con las tablas de Álex de la Iglesia maneje tan mal unos recursos que ya están ahí que no sé si se trata de un error de juicio o de una decisión deliberada. La imagen de los cainitas pegándose entre ellos para tratar de hacerse con una de las monedas caídas es muy simbólica, pero no creo que compense un final tan mediocre. ¿Era tan difícil retrasar la aparición de Nyarlathotep al patio del castillo, cuando el Antipapa aparece en el balcón, y hacer que el tiroteo transcurra allí? O que su advenimiento venga propiciado por las monedas, por ejemplo, para darles algún uso. Por último, lo indispensable: que Vergara y Santoro se enfrenten de una manera más digna y la muerte del cura tenga un significado más épico, porque si no, es el personaje más desaprovechado de la historia de la televisión.



De esta serie me queda la sensación de haber sido víctima de un truco de trilero con un Macguffin gigantesco. Las monedas eran una excusa para poner todo en marcha, pero eso era de esperar. Lo que no imaginaba era que nunca llegarían a verse en acción, ni siquiera por partes. Sabemos de voz de uno de los personajes que Napoleón tuvo tres y Hitler cinco, pero parece que al villano principal con treinta en su poder se le puede derrotar de forma bastante mundana, empujándole por una ventana.

Respecto a los propios protagonistas, se fueron desdibujando tanto a medida que pasaban los capítulos que empiezo a pensar que solo eran otro Macguffin más. Físicamente daban bien en pantalla y hacían el papel de “guías” para poder mostrarnos a nosotros, los espectadores, “cosas que molen”: magia, monstruos, maldiciones… Pero en el fondo no había una intención real de darles una misión o un objetivo en el que poder acompañarles, de ahí tanta contradicción en sus acciones y que no llegasen a desarrollar su potencial. Elena pasa de tener iniciativa y llevar el peso de la narración al principio a actuar de forma errática e incomprensible, salir desnuda en uno de cada dos capítulos (por motivos más que dudosos) y poco más. Que quedase reducida a personaje inerte en el último episodio me parece el insulto final. Álex de la Iglesia la equiparaba a la teniente Ripley en alguna entrevista, pero no puede haber polos más opuestos en cuanto a iniciativa y decisión. En cuanto a Paco, el alcalde pupas, poco se puede decir porque sufre un camino paralelo y acaba casi igual de mal, sin llegar a concretarse, pusilánime desde el primer capítulo hasta el último. Ese reinicio constante de intereses y motivaciones solo me transmiten la impresión de que nunca hubo un plan global sino que las cosas se desarrollaron sobre la marcha y que pudo más la intención de crear un “producto friki” espectacular que contar una historia con su inicio, desarrollo y final.

En conclusión y para no extenderme más, confío en que se aproveche la base, que es buena, y que algo de todo esto se pueda arreglar en las siguientes temporadas. Pero la decepción ha sido grande y las esperanzas que quedan, pocas.



4 comentarios:

  1. Joder, fantástico, maravilloso, suscribo todo al 100%. Disfruté la serie como un gorrino, cada domingo, como en los viejos tiempos. Y el final me pareció LAMENTABLE.

    Desgraciadamente me lo esperaba. Como bien dices, De la Iglesa no sabe cerrar. Ni él, ni el equipo que tiene a su alrededor. Y es una lástima. Porque un mal final, se carga una serie entera. Que se lo digan a LOST, o a la defenestrada Juego de Tronos.

    No es mi caso con esta, porque, joder, me encanta ver tanto elemento rolero trasladado a la pantalla, y lo perdono absolutamente todo. Más aún, rodeados de porquería audiovisual como estamos.

    Pero es una pena. Es una pena GORDÍSIMA, porque con cuatro pinceladas, esta hubiera sido una serie realmente épica. Un buen episodio final, nos hubiera hecho perdonar todos los problemas con los personajes que comentas. Al ser terriblemente malo, lo que hace es subrayarlos.

    Joder, Alex, tío. ¿Cómo haces las cosas también y luego la cagas al final? Es que no me lo explico. Si nosotros lo vemos ¿Cómo no lo ves tú, lo ve gente de tu equipo? Misterios insondables. Nyarlathotep te confunda (ya lo hizo, al parecer).

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  2. Se nota que no quieres hacer leña de Álex, que le tienes algún aprecio, porque con lo leído te has hecho un buen sushi maki, nigiri y lo que se preste en más de una ocasión.

    He de decir que como director, De la Iglesia ha mejorado un montón en las últimas décadas a nivel técnico, pero... sus historias son muy tontorronas en general, es como si se hubiese quedado atrapado a finales de los 80 principios de los 90 a nivel mental. Es un poco como esos cantantes de la movida que se reunen una y otra vez para hacer bailar zombis que fueron veinteañeros al ritmo de "sombra aquí y sombra allá, maquillate, maquillate" por un poco de calderilla postuma.
    Creo que he visto 4 de él, y en todas adolece de lo mismo, un cierto tono infantil que inevitablemente conduce a guiones un poco chorras y primarios. Aún así lo aprecio y me he reído mucho, ahora, creérmelo, no me lo he creído nunca.
    Muchas ganas de verla no tengo, has descrito los errores que más odio de un guion, la improvisación.

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