3 mar. 2018


Llegó de noche, con la ventisca. Lo primero que escuché fueron los gritos de los hombres y el choque de metal contra metal, aullidos de dolor mezclados con el viento. Yo estaba dentro de una de las carretas, tratando de refugiarme del frío que se clavaba como mil alfileres en mi carne y me impedía dormir. Había elegido un espacio estrecho entre las piezas de tela y piel que uno de los mercaderes llevaba para vender, un hueco en el que apenas dirías que cabía un gato, pero en el que yo había logrado acurrucarme con una manta, temblando. Me pregunto si fue eso lo que me salvó. Si de haber estado en el círculo exterior, junto con mis padres y mi hermana, habría corrido su misma suerte.

Los ruidos de lucha se mezclaron con mis sueños hasta que abrí los ojos de repente. Aquello estaba ocurriendo de verdad. Me arrastré hasta la puerta, levanté la lona y el aire helado golpeó mis mejillas. La nieve arrastrada en ráfagas violentas no dejaba ver más que a unos pocos metros, la hoguera del centro del campamento proyectaba una luz distante y opaca, había sombras que corrían con armas en la mano. Los gritos continuaban y con ellos ese horrible sonido de golpear y desgarrar.

Envuelto en mi manta, salté al suelo y me hundí en el crujiente manto blanco hasta los tobillos. Avancé torpemente hacia la claridad, pero para cuando llegué hasta ella ya no quedaba nadie. Los más valientes habían acudido al combate, el resto huían como podían, sin tiempo para desatar los caballos, con lo puesto, hacia la entrada del desfiladero por donde habíamos venido. Al menos eso deduje por la maraña de huellas de pies que se alejaban.

Pero mis padres quizá no habían tenido oportunidad de escapar. Su carreta estaba en el lado opuesto, el lugar de donde venían los ruidos que, para mi extrañeza, ya comenzaban a apagarse. No hubo más de aquel entrechocar de acero y los últimos quejidos agónicos se apagaron. Sólo quedó el rugido del vendaval en mis oídos y el temor creciente por lo que podría haberle pasado a los míos. Alzando los pies para avanzar más rápido por la nieve y sin pensar realmente en qué iba a encontrarme, corrí.

Los bandidos tenían fama de ser despiadados y no dejar a nadie con vida. Era comprensible, la misericordia no tenía cabida cuando te enfrentabas al tajo del verdugo si alguien te reconocía. Los primeros cuerpos que encontré me anunciaron que aquello no tenía que ver con salteadores de caminos corrientes. El gélido aire nocturno había impedido que la sangre se extendiese demasiado y los cadáveres yacían como muñecos rotos, con heridas horribles que surcaban sus pechos y en muchos casos habían llegado a cercenar brazos y piernas. No pude reconocer a ninguno de los caídos. A todos les faltaba la cabeza.

Intenté coger una espada, arrancándola de la mano de dedos rígidos que la sujetaba. Resultó imposible y tuve que buscar otra, una que había volado varios metros lejos de su dueño y estaba muy mellada, como golpeada por una fuerza descomunal. Pesaba y la levanté delante de mí a modo de defensa. Ya no sentía el frío. Caminé despacio, siguiendo el rastro de muerte...

(Continuará...)

1 comentarios:

  1. Si le cuesta levantar la espada... yo le recomendaríalo que Gandalf con el Balrog "¡corre insensato!"

    ResponderEliminar