viernes, 15 de abril de 2011

En 2008 El Caballero Oscuro batía un record de taquilla: más de 155 millones de dólares recaudados en su primer fin de semana, desbancando a Spider-Man 3, película que lo ostentaba desde el año anterior. La cinta de Christopher Nolan rompía además otras barreras, una de ellas la de los prejuicios. Los críticos, hasta entonces suspicaces con el cine de superhéroes, se apresuraron a alabarla, calificándola no sólo como la mejor del género, sino también como una labor fílmica excepcional. Atrás quedaban otras adaptaciones, tanto en la pantalla grande como en televisión, y los momentos en los que Batman debía conformarse con vestir mallas de licra y ser una parodia de sí mismo.

El Caballero Oscuro es un buen ejemplo de un fenómeno que ha cobrado fuerza en la última década: la transformación de la “serie B” en producto global de consumo. No fue el pistoletazo de salida, sino más bien la cumbre de un proceso que llevaba años gestándose. Fenómenos culturales hasta hace poco considerados menores o de “segunda fila” como los cómics, los videojuegos o la literatura fantástica han dado el salto y han pasado a ocupar las portadas de todos los medios de comunicación. El efecto ha sido de tal magnitud que ha cambiado la forma en la que los grandes productores de contenidos audiovisuales escogen y planifican sus lanzamientos. Los geeks, nerds, aficionados o simplemente “fans” se han convertido en un público clave, una fuente de la que tomar ideas y a la que conviene mantener contenta.


Los aficionados como público
Podríamos teorizar sobre los motivos de este cambio, quizá la madurez de los comics como forma de expresión o el hecho de que autores de prestigio como Michael Chabon (Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay) den su bendición al género, pero desgraciadamente la explicación más sencilla es la monetaria. Los fans son un público objetivo ideal por muchos motivos, desde los más básicos: cualquier ejecutivo se frotaría las manos ante grupos organizados de adolescentes, de nivel adquisitivo medio-alto, seguidores acérrimos de sagas, personajes o mundos de fantasía. No hace falta adivinar sus gustos sino que los exhiben orgullosos, crean comunidades y las publicitan e incluso, gracias a internet, se comunican directamente con editoriales y productoras para hacerles saber su opinión. Por otra parte no son núcleos cerrados, un aficionado típico se mueve entre diversas “facciones” y por tanto puede llegarse a él por diferentes caminos.

El fan es fiel, no acude a la sala de cine por casualidad sino que se puede asegurar con bastante certeza que asistirá a todos los estrenos de su personaje o título preferido, como han puesto en evidencia Crepúsculo o Harry Potter. También es probable que compre merchandising, ya sea en forma de camisetas, posters o figuras, la banda sonora o las ediciones especiales del DVD. La lista de productos subsidiarios puede hacerse casi infinita, como ha demostrado George Lucas con Star Wars a lo largo de los años.

Haciendo un repaso a todo lo anterior, imaginemos el atractivo que puede tener para cualquier creador de contenidos audiovisuales el público fan frente al público estándar, al que hay que captar y atraer, y que no se plantea otras formas de interacción con una obra más allá de comprar la entrada o pagar el libro. Para el verdadero aficionado la verdadera experiencia comienza después.


La crisis de creatividad de Hollywood
Además del público potencial, la tan cacareada crisis de creatividad de Hollywood es otro de los motivos que suelen esgrimirse para justificar la situación actual. Sin embargo la “crisis” es más bien una terrible falta de confianza que la situación económica actual ha acentuado aún más. Las productoras no quieren arriesgarse a invertir en historias nuevas, prefieren comprar licencias de novelas, cómics o videojuegos y asegurarse un público en las salas, aunque sea mínimo. Esto en ocasiones propicia situaciones extrañas, como que se adquieran los derechos de títulos menores o de obras inconclusas, como ha sido el caso de Némesis, de Mark Millar. La etiqueta “de culto” sirve para justificar la proliferación de adaptaciones, remakes y secuelas, una sucesión de hijos bastardos que impiden que los guionistas trabajen en material nuevo y seguramente mejor. El propio Nolan, del que hablábamos al principio, se sacó de la manga el año pasado Origen, un título escrito por él y superior a cualquiera de sus trabajos “no originales”.

Lo cierto es que por mucha voluntad que se ponga, un título de culto no garantiza el éxito, ni mucho menos la calidad. En estos últimos años proliferan las películas dedicadas a los superhéroes principales de la Marvel y si hacemos caso a lo visto hasta ahora (Wolverine, X-Men 3), más que una apuesta segura el resultado es una ruleta rusa. Quizá el problema sea el marco en el que deben desarrollarse las producciones. Que cambie la temática de las películas no significa que cambien los directores, guionistas y actores que deben rodarlas. Profesionales que pueden abordar los proyectos con experiencia pero sin referencias del género y piensan que deben suavizar las historias para agradar al público, o que por costumbre adoptan los mismos tics y clichés que han hecho funcionar al cine estándar. En resumen, procesan y asimilan los contenidos para convertirlos en algo más digerible, porque en el fondo siempre existirá miedo o desconfianza a lo que se sale de lo común, a lo que se rige por otras reglas.

No podemos olvidarnos de que hablamos de una industria, siempre y por encima de todo una industria, que hace ya tiempo puso los beneficios por encima del arte. Es difícil que a la maquinaria impersonal de los grandes estudios le preocupe la integridad de unos géneros -el terror, la fantasía, la ciencia ficción- que hasta hace poco eran sinónimo de serie B y cuyas historias, inagotables hasta casi el desbordamiento, no inspiran el mismo respeto que un guión de Billy Wilder o Stanley Kubrick.


La televisión, reducto del fantástico
Por suerte no todo son malas noticias. Aprovechando el clima favorable las series de televisión se han multiplicado, con su cupo de remakes y adaptaciones, como Battlestar Galactica, True Blood o The Walking Dead, pero también con ideas originales como Lost, Supernatural o Fringe. La lista de títulos es inmensa y crece día tras día.

La televisión es un medio exigente que castiga rápido los fallos, no en vano se espera mantenerse en antena de 3 a 5 años, pero también permite experimentos creativos imposibles en la gran pantalla. Los presupuestos son más asequibles y los errores se pueden corregir sobre la marcha, el público puede opinar, de nuevo a través de internet, y esta realimentación única es capaz tanto de salvar series como de condenarlas a la hoguera. Si algo podemos destacar de la pasada década es la cantidad de títulos de primer nivel que nos dejaron las diferentes cadenas, seguramente contribuyendo al género fantástico más que el propio cine.


El peligro de la devaluación y la saturación de contenido
En el lado negativo, existe un peligro real de morir de éxito. Que se venda tan bien el material de género ha dado lugar a multitud de clones de calidad dudosa, obra de autores interesados en capitalizar el fenómeno o que trabajan por encargo. Las estanterías se llenan de novelas de terror/romance adolescente, se ruedan películas con inspiración fantástica, presupuesto bajo y guiones de saldo o se exprimen las franquicias ya consagradas hasta que son irreconocibles. Hay demasiados productos audiovisuales y en su mayoría resultan decepcionantes o son copias de títulos de éxito. La imitación está a la orden del día, todos los meses surgen novelas de zombis, mangas de temática sobrenatural, animes o videojuegos que sólo se diferencian de los del mes anterior en el título o el diseño de los personajes, y a veces ni siquiera eso.

Lo que es peor, igual que ocurre con una fotocopia de una fotocopia, estas sucesivas versiones se van desdibujando, abandonando la esencia que las hizo diferentes en un principio para convertirse en un producto de consumo más convencional, que siga las pautas establecidas: de nuevo el fantasma de la asimilación.

Cabe esperar que ese recurso no siempre sirva para atraer al público. A la larga el sistema tendrá que evolucionar si no quiere evitar colapsarse por la saturación de contenidos. Si la revolución se vuelve rutina y la calidad se diluye en un mar de comercialidad, el público con verdadero interés acabará abandonando la corriente principal y buscando nuevas obras de culto, más originales, más honestas y que no deban rendir tributo a los márgenes de beneficios o las expectativas de ventas.

2 comentarios:

  1. Un gran artículo, ya me gustaría a mi poder hacer algo tan bueno, ya que coincido en la mayoría de lo que dices en el artículo, excepto en el final "la fotocopia de la fotocopia" esto no siempre es verdad a veces de entre muchas cosas malas surge algo digno de mención, ya que la proliferación de tipos de novelas como zombis o terror romántico a veces es el punto de partida de algún buen creador que de otra manera no hubiera podido darse a conocer.

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  2. Pienso que se es indulgente con el público, también tu con el tuyo, estimado Keats, las supercompañias echan pienso a los peces, los peces quieren comer, pero nadie les pone una pistola entre los ojos para que lo hagan. A estas alturas de la película existe suficiente buen material acumulado como para poder sobrevivir una buena temporada sin masticar polvos de cccff con sabor a efecto especial por ordenata, o el nuevo y mejorado 3d (que ha aparecido y reaparecido con furor desde hace décadas)
    El tema siempre es el mismo, la mayoría, ese es el negocio, somos placidos rumiantes de lo que nos echen.
    El problema no es la industria, la economía, los perfidos planes del gobierno a la sombra para dominar el mundo, simplemente, es nuestra vulgaridad proyectada en digital y a todo color.

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