sábado, 30 de septiembre de 2017


La imagen del ángel de piedra volvió a su mente una vez más. Era difícil saber qué era recuerdo y qué realidad, después de tantos años. En su memoria, la figura enigmática se erguía frente a un sepulcro de mármol sucio, la única en un modesto cementerio junto a una iglesia de pueblo. Recordaba el pueblo. Recordaba haber caminado con la clase de su instituto recorriendo un sendero paralelo a la carretera hasta que la torre del campanario apareció ante ellos. Al resto la arquitectura del templo, desgranada monótonamente por su profesor, no les había interesado mucho. Tampoco la centenaria hilera de lápidas. Pero allí estaba, sereno y con la mirada perdida, fuera de lugar. Aquel ángel solitario.

No se trataba de una obsesión, al menos eso pensaba. Pero cada cierto tiempo, siempre en algún momento de cambio en su vida, se encontraba reconstruyendo pieza a pieza aquel rostro pensativo, intentando que su cerebro le respondiese a preguntas como ¿hacia dónde miraba? ¿Sonreía? Y sobre todo ¿por qué? ¿Por qué alguien colocó en un rincón tan apartado aquella efigie ajena a todo?

El día de lluvia de su vigésimo octavo cumpleaños, con poco dinero en la cartera y una mochila, se encontró en un tren de camino al mismo lugar que su excursión de instituto le había conducido, catorce años atrás. No tenía trabajo desde hacía un par de semanas y lejos de estar preocupado, se lo había tomado como una señal. Tanto tiempo sin vacaciones. Y su cumpleaños, la excusa perfecta para un regalo. Ahora daba vueltas entre sus manos a la libreta llena de bocetos, ángeles y más ángeles. Página tras página.

No había estación de tren en aquel pueblo perdido en el verdor de los hayedos. Los mapas no se ponían de acuerdo en si el punto situado a medio camino entre aquel lugar y la aldea gemela, al otro lado del valle, era una iglesia o una ermita. Su intuición, mezclada con recuerdos fragmentarios, le empujaban a seguir la ruta que ascendía por la ladera de las montañas. La lluvia le había acompañado y lo seguiría haciendo hasta casi su destino.

El tañido de una campana de bronce pareció trazar un arco limpio entre las nubes y el sol brilló por un momento. Una fina llovizna reemplazó a los chaparrones y los últimos metros por la senda de piedra se hicieron más llevaderos. La iglesia estaba allí y la silueta de las cruces sobresaliendo por su tapia se lo confirmó: aquel era el lugar.

Entró empapado y cargado de incertidumbre en el cementerio. Quizá nada era ya como lo recordaba. Quizá el ángel fuese hoy un montón de fragmentos de mármol... o simplemente nunca estuvo allí. Por alguna extraña razón aquel pensamiento le provocaba a la vez un extraño vacío en la boca del estómago y una sensación de vértigo, intensa y amarga.

El sepulcro se alzaba entre dos columnas, sujeto por cadenas. El ángel no estaba de pie frente a él sino sentado, cabizbajo. El detalle entre sus manos, que nunca había podido precisar, era una pluma. El rostro era el de una muchacha joven, con el cabello rizado y los labios curvados en un eterno suspiro desesperanzado. No la recordaba tan triste ni tan melancólica. Tampoco que su aspecto transmitiese aquella fragilidad. Entonces lo entendió, la había visitado siendo niño, era él el que había crecido.

Se acercó despacio, conteniendo el nerviosismo pensando en trivialidades. ¿Por qué no había llevado su cámara de fotos? Así no la perdería nunca más. De alguna forma supo que no habría estado bien. Evitó pisar la losa labrada con los nombres familiares. Alargó la mano y sus dedos se quedaron a escasos centímetros de la mano izquierda de la estatua. Reposaba, lánguida, sobre la tapa del sarcófago colgante. La timidez le pudo. Miró con un pudor recién descubierto el rostro del ángel. El arco de cupido de aquellos labios... no era un gesto tan melancólico, después de todo. La boca estaba entreabierta. Se inclinó a escuchar.

“Bienvenido”, susurró una voz surgida de muy lejos.
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3 comentarios:

  1. ¿Basado en hechos reales? Me recuerda a algún paseo por un cementerio de Madrid a recomendación suya, a mi no me habló o no supe escuchar, pero tuve esta misma sensación.

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    1. En efecto, está basado en una experiencia personal. La visita al cementerio de Madrid la tengo pendiente.

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  2. Buen relato, me engancho enseguida. Lastima que en la ciudad en que vivo no tenga cementerios muy llamativos, visite alguno en otra ciudad, donde incluso, hacian recorridos turisticos y contaban supuestas leyendas de aquellos que habían sido enterrados en ese lugar (lamentamblemente nunca fui al recorrido nocturno, que seguramente, estaria mucho mejor), pero si le faltaba esa quietud, esa tristeza, ese asombro por lo que es un cementerio.

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