lunes, 12 de enero de 2009

No hay duda de que las novelas con trasfondo histórico tienen una buena acogida entre el público. Sólo hay que echar un vistazo a las estanterías de cualquier gran superficie para ver que círculos, secretos y conspiraciones con base más o menos documentada están entre los más vendidos, en especial en formato de bolsillo. Hay quien llama a esto "literatura de aeropuerto", el tipo de libro que se compra para pasar el rato antes de embarcar o en el propio avión y que pasa, también, sin pena ni gloria por nuestra memoria. Hace unos años eran los tecno-thrillers o los relatos de espías los que copaban los expositores. Ahora si en la portada aparecen un monumento, un personaje o un guerrero de la antigüedad tiene garantizado el éxito, sin que importe demasiado su calidad.

Hay varias maneras de abordar la ficción histórica. Se puede trabajar sobre un episodio conocido y novelarlo, como hace Valerio Massimo Manfredi en "El Ejército Perdido" (basado en la Anábasis de Jenofonte) o anteriormente en su trilogía sobre Alejandro Magno. Este sería el enfoque más honesto, en mi opinión, porque aunque haya una parte imaginaria, nuevos personajes o distorsiones de la realidad, el fondo permanece intacto. También requiere más trabajo de documentación que el resto, y la habilidad para engarzar nuestras propias subtramas con lo que ocurrió realmente. La serie de TV "Roma" cumple hasta cierto punto estas características, lo mismo que la novela gráfica "300". Un aspecto importante es saber dónde parar para mantener la credibilidad. Alejandro Dumas era un experto en moverse siempre sobre esa fina línea sin que se notase dónde se tomaba licencias creativas, hasta el punto de que grandes personalidades como el Cardenal Richelieu han sobrevivido en la imaginación popular más por el retrato que él hizo en sus obras que por su vida real. Pero se le perdona porque Dumas... es Dumas.

Otra forma de aprovecharse de lo que nos ofrecen los libros de Historia es tener una trama propia que entrelazaremos con sucesos de la época en la que esté ambientada. El archiconocido "El Ocho" de Katherine Neville, cuya secuela "El Fuego" se acaba de publicar, funciona de esa manera. La principal ventaja que tiene el escritor en este caso es que cuenta con más libertad que si tuviese que reescribir un episodio histórico. No hace falta tanta exactitud, los hechos pueden mencionarse de pasada y los protagonistas no aparecen en la enciclopedia, asi que la presión es considerablemente menor. A favor de esta técnica se puede decir que nos concede la oportunidad de hacer algo "nuestro" en vez de reescribir lo ya sabido desde hace cientos de años. Que se aproveche esa oportunidad ya es algo diferente. Por desgracia la mayoría de lo que llega a las librerías usa el escenario pero en lo demás se queda bastante hueco.

En lo más bajo de este esquema tendríamos el uso de un personaje histórico como excusa para tejer a su alrededor una conspiración fantástica. No hará falta que mencione "El Enima Vivaldi", "La Ecuación Dante", la más reciente "Mozart, el Gran Mago" o esa novela que todos conocemos con un genio del Renacimiento en su título. Hay que reconocer que es un recurso muy pulp que da resultados muy bizarros y que no hay que despreciar a la ligera ¿Quién no ha querido usar a Nikola Tesla en uno de sus relatos? "Elemental, Dr. Freud", otro clásico del género, es una de mis novelas preferidas desde siempre y su premisa básica me sigue pareciendo genial (Watson convence a Holmes para que viaje a Viena y visite al padre del psicoanálisis, con la esperanza de curar su adicción a la morfina). La diferencia está en hasta qué punto se mantiene todo el castillo de naipes si retiramos esas cartas clave por las que hemos empezado. ¿El nombre famoso está ahí para atraer a los lectores o es un MacGuffin necesario? "El Club Dumas" de Arturo Pérez Reverte, por ejemplo, justifica de forma bastante honrosa su título a lo largo de sus páginas, asi que el lector no tiene por qué sentirse engañado. Otra forma de saber si el autor está yéndose a lo más fácil es sustituir el nombre usado por otro: si de "El Enigma Vivaldi" a "El Enigma Strauss" no apreciamos un cambio sustancia, es mala señal.

De todo esto, como aspirantes a escritores o simplemente narradores de historias, deberíamos quedarnos con unas premisas básicas, aplicables a la ficción histórica pero también a cualquier tipo de ficción: siempre será mejor crear que reescribir, inspirarse en vez de imitar, y descubrir si somos capaces de alzarnos sobre nuestros propios pies y encontrar nuestra propia voz, antes de tener la tentación de subirnos a hombros de gigantes.

2 comentarios:

  1. Buen artículo.

    Sí es cierto que la novela histórica se ha convertido en el género de moda hoy en día, y eso hace que tengamos mucha variedad... y que se cuele mucha basura.

    Me voy a permitir recomendar una novela que leí hace décadas, cuando el género no era tan popular como ahora, y me ganó para las ambientaciones basadas en la Antigüedad Clásica: "Aníbal", de Gisbert Haefs. Impresionante libro.

    Saludetes,
    Carlos

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