miércoles, 12 de abril de 2006

He pensado que no debería contarte estas cosas. A veces los soldados me piden que les escriba cartas a sus mujeres o a sus novias, y me las dictan lentamente mientras yo tomo nota. Luego les enseño a firmar y vamos juntos a entregarla al correo. Procuro no recordar sus nombres. Ellos me saludan al pasar y yo sólo puedo pensar en que quizá mañana ellos no vuelvan... o quizá no vuelva yo. Esas cartas que me dictan son las que debería aprender a escribirte, cartas que no son alegres, pero tampoco de derrota. Una derrota más peligrosa que la que podemos sufrir en la línea del frente, la derrota de uno mismo, la derrota del alma. No debería escribir esta carta, porque no puedo evitar decir estas cosas. Podría contarte que estoy bien, que me han herido pero ya estoy casi curado, que la guerra es dura pero aguantamos, que volveré pronto, espero... . Sería fingir que sigo siendo el mismo que cuando me marché, y eso no es cierto. Quiero que lo sepas, por si nos volvemos a ver.

Las cosas ya no son lo que eran, ni yo tampoco lo soy. Lo veo en la mirada de los nuevos al llegar a las trincheras, sentados como conejos asustados al lado de los veteranos. Y cómo vuelven tras la primera salida, cómo han cambiado sus ojos. Algunos muy abiertos, vidriosos si se han salvado de milagro de una explosión. Aturdidos si han visto caer a algún amigo que hicieron al venir aquí. O si han matado a alguien. A algunos parece gustarles, pero no suele durar mucho. La sensación desaparece cuando llevas haciéndolo días y días. Te alejas, ya no disparas a seres humanos, sólo a uniformes. Un bulto que se mueve en la lejanía y luego se desploma. Y no te das cuenta de lo que has hecho hasta más tarde, cuando te vas a dormir después de un día muy largo, y rompes a llorar, cubierto de sangre y polvo. Pero los que peor lo pasan son los que han tenido que pelear con los alemanes cara a cara. Sobre todo si nunca ha acabado con una vida con sus propias manos ¿y quién lo ha hecho antes? Muchos novatos mueren así, porque la situación les supera, helados cuando descubren lo que deben hacer para sobrevivir. Muchos veteranos también. No es lo mismo disparar a alguien que apretar una garganta y notar como se le escapa el último aliento. Estar tan cerca que ves cómo se pierde su mirada en el infinito, mientras se agarra a ti desesperado. En ese momento has dejado de ser su enemigo, cuando todo se vuelve negro y tú eres lo único que le acerca a la luz. Algo se rompe por dentro cuando haces algo así a un hombre por primera vez. He llegado a pensar que las armas de fuego no se inventaron para matar más o mejor, sino para no tener que fijarte en la persona a la que matas. Si no, si las guerras fuesen con espadas y lanzas como antes, habría miles de hombres desesperados volviendo a casa al final de cada batalla. Hombres a los que se les ha hundido el corazón en las tinieblas. Porque tienes que odiar mucho al enemigo o estar muy ciego para que matar no te afecte.. aunque ahora miro a mi alrededor y sólo puedo ver a miles cada vez más ciegos.

La herida de mi pierna casi está bien, y dentro de poco tendré que salir de nuevo. De los que estábamos hace unas semanas ya sólo reconozco a los heridos, la gente que cayó conmigo. Parece que ha habido mucho movimiento estos días. Se dice que si lo del Somme sale bien, contraatacaremos para retomar lo perdido, al menos hasta los fuertes. Para los soldados de a pie, nosotros, quiere decir salir y avanzar bajo el fuego enemigo, como han estado haciendo ellos desde hace meses. Va a ser muy duro.

No sé qué más decirte. Puede que te suene duro, pero cada vez que salgo trato de no pensar en ti, y olvidarme de todo lo que pasamos juntos. En esta guerra vivir o morir no depende de lo que uno haga, sino del mero azar. Y si pensase en nosotros, sabiendo eso, no sería capaz de salir de la trinchera. Quiero volver a casa, contigo. No sé si entenderás al hombre en que me he convertido, realmente no lo sé. Puede que sea mejor que yo caiga aquí, porque no quiero que este dolor te roce siquiera. Lo siento, de verdad que lo siento.

Suena el silbato a lo lejos, y mis compañeros empiezan a levantarse. El médico me ha “condenado a muerte”, como se suele decir por aquí... me ha dado el visto bueno, así que tengo que ir con ellos. Me colocaré en primera fila, nadie me lo discutirá. Elegiré un sitio delante de los novatos, para que me sigan. Saben que soy un veterano, si voy agachado, ellos lo irán también, si me tiro al suelo, ellos lo harán. Les mantendré vivos hasta las trincheras enemigas. Allí pelearemos con los alemanes, y cada uno tendrá que cuidar de su alma. Todos menos yo, Dios mío, todos menos yo.

3 comentarios:

  1. Bueno... Ya conocía el relato por inforol (obviamente) y es simplemente estupendo. Mis felicitaciones por dicha obra. ;-)

    Un saludo

    ResponderEliminar