miércoles, 12 de abril de 2006

Verdún, junio de 1916

Querida Anne,

Las noticias llegan a las trincheras como las provisiones: escasas e intermitentes. Es junio y debería empezar a hacer calor, pero aquí, metidos en el barro hasta los tobillos, no se nota la diferencia. La tierra está machacada por los bombardeos y no queda ni una sola planta que nos diga en que época estamos. Antes se podían ver los bosques. Ahora el paso del tiempo parece uno más de los rumores de las trincheras.

Doaumont ha caído, eso es seguro, y nuestro frente, si se le puede llamar así, está ahora tras Hardaumont y Vaux. Supongo que también habrán caído. Aguantamos los ataques de los boches como podemos. Ellos avanzan hacia nuestras trincheras y les rechazamos. A cabo de un tiempo lo intentamos nosotros, y somos rechazados. Llevamos en este juego desde febrero, cuatro meses, pero parece que han pasado años. Nuestro teniente nos dice que los que salgan de aquí serán héroes. Pero él sabe tan bien como yo que sobrevivir a Verdún sólo significa pelear en otro foso lleno de sangre al día siguiente. Nadie lo comenta. Pensar en ello sería dar un paso hacia la locura. Para nosotros, Verdún es el final, y cuando recuperemos el terreno perdido y veamos las espaldas de los alemanes huyendo, podremos irnos a dormir para pensar en el mañana.

Yo estaba asignado a una de las fortalezas de la otra orilla del Mosa, pero desde el ataque alemán, todas las fuerzas se han ido desplazando para llenar los huecos que dejan los muertos. No puedo saber cuántos han caído en total, pero puedo imaginarlo por el número de amigos que he perdido desde entonces. Llegamos juntos y casi nos fuimos juntos. La primera salida de mi unidad de las trincheras, cuando el frente estaba más arriba... la artillería, que no esperábamos, cortó nuestras líneas por la mitad. Los que estábamos en los extremos nos llevamos sólo dolor de oídos y algunos fragmentos de metal. El dolor en el brazo cuando me echo a dormir me sigue recordando ese día. Aunque lo peor son los sueños. Acabamos en un cráter preguntándonos qué había pasado, mientras a lo lejos se oía el silbato del teniente ordenándonos avanzar. Los gritos de los heridos nos animaban a no hacerlo. La tierra levantada por las explosiones caía sobre nosotros como lluvia, sin parar ni un momento, y el sonido de las explosiones ya no tenía pausas. Era un retumbar continuo que resonaba en todos tus huesos, apretando la cabeza hasta volverte loco. Conmigo había dos muchachos, tan novatos como yo. Decidimos volver a la trinchera entre las nubes de polvo, olvidándonos del teniente y su avance. Que tomase él la colina, si quería.
Mientras retrocedíamos arrastrándonos, encontramos a otros compañeros, los pocos que habían sobrevivido en la zona batida, demasiado tocados como para buscar dónde cubrirse. Tiramos de ellos hasta que caímos todos en nuestro querido foso cavado en el barro. Más soldados habían tenido nuestra misma idea, pero conté a menos la mitad de los que habíamos salido. Mis amigos no estaban entre ellos. El teniente no volvió a aparecer. Gracias a Dios su silbato tampoco, durante un tiempo.

Después de aquello hicimos muchas menos salidas y nos limitamos a mantener la posición ante los boches. En realidad pocas veces lo logramos, pero nunca se reconoce ante el mando que tenemos que retroceder. Hemos hecho muchas “retiradas estratégicas” en estos cuatro meses. Y al final ¿para qué?

Te escribo esta carta mientras me recupero de una herida en la pierna. Por suerte no ha tocado el hueso, aunque ante el dolor que viene y va eso es poco consuelo. La bala atravesó sólo carne, pero rozando una arteria principal. El médico me tiene aquí hasta que la herida se cierre totalmente, y esta humedad no es que ayude mucho. Me dice que si hago algún esfuerzo la herida puede abrirse, y podría desangrarme. Así que la recomendación es que descanse.
- ¿Para siempre?- dije yo, en broma.
- De momento no - contestó él -. Pero tranquilo, que ya llegará. Aquí siempre llega.

Le entiendo perfectamente. Los soldados nuevos que llegan a Verdún son los mismos que cayeron el día anterior, pero con otra cara. No hay diferencias. ¿Para qué estamos haciendo esto? El único soldado que se mantiene en pie desde febrero es Pétain, y eso porque está bien a salvo en su cuartel general de Soully, a 4 kilómetros de la línea del frente.

Hemos dejado de ser humanos. Dejamos de serlo cuando empezamos esta guerra. Nos acurrucamos en zanjas para dormir, mientras nuestros compañeros muertos se pudren en el campo de batalla. Tenemos pesadillas todas las noches, no podemos escapar de lo que hacemos a la luz del sol. Tenemos miedo de que nos despierte el sonido del silbato que anuncia que vamos a cargar. Pero también tememos que el enemigo cargue, no sólo porque nos machaque la artillería, sino por ver la marea de gente a la que debemos disparar y matar. Líneas de soldados que son en realidad líneas de padres, de hijos, de hermanos. Resulta demasiado fácil olvidarlo. Resulta demasiado fácil olvidar que mañana seremos nosotros esa línea que avanza.

(...)

1 comentarios:

  1. Muy bueno, de verdad has sabido transmitir lo terrible que fue la guerra de trincheras y la Batalla de Verdún.

    Cuando el anónimo soldado relata su primera toma de contacto cuando son barridos por la artillería hemos sufrido con él.

    Escalofriantemente bella la imagen de la tierra levantada por las explosiones cayendo como lluvia y el lamento por no quedar plantas en pie.

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