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Del zen, las motocicletas y el arte del diseño de juegos de rol



Los juegos de rol son como las motocicletas. En el principio, sus creadores se conformaban con un motor a vapor pegado a dos ruedas de madera, que no iba muy bien pero al menos funcionaba. A pesar de tener un asiento incómodo, una dirección difícil y muchos problemas, no había otra cosa, así que aquellos que las usaban apechugaron e intentaron sacarles el mejor partido. Con el tiempo, hasta les cogieron cariño y les surgieron fans.

Luego vinieron diseñadores nuevos, que ya sabían algo más de mecánica, por pura experiencia después de años tratando con los viejos armatostes. Mejoraron los motores, pensaron un poco más en el usuario, trataron de hacer la moto más sólida y funcional. Todavía parecía un trasto hecho por partes, ruidoso y a veces incontrolable, pero podía llevarte mejor hasta donde querías.

Conducir esas motocicletas y diseñarlas podía ser divertido, una tarea de artesanos de la que sentirse orgulloso. Ese fue el siguiente descubrimiento, la posibilidad de refinar estos vehículos y hacerlos potentes, fiables, que no te obligasen a parchear averías en casa cada dos por tres. Así nacieron las motos que aspiraban a sorprender y ser auténticas obras de arte.

Hubo versiones robustas y casi sin adornos, para los que preferían rodar por la carretera sin parar, enfrentándose a cualquier cosa. Otras de competición, con diseños estilizados y aerodinámicos, preparadas para correr en circuitos concretos, máquinas espectaculares de ver y de usar. Quizá no sirviesen para todos los terrenos o para el uso rutinario del día a día, pero en sus campos concretos, eran insuperables.

Luego, cuando todo parecía dicho ya en el mundo de las motocicletas, algunos decidieron que se podía experimentar. Les pusieron un motor de camión y ruedas de tractor. O un motor en cada rueda. O varios manillares, para que todos los que viajaban en la moto pudiesen conducirla, al menos en teoría. Algunos incluso le quitaron el motor y dejaron que fuese el usuario el que se impulsase con los pies, alegando que lo que importaba no era la moto en sí, sino "la experiencia intrínseca de ir en moto".

Quizá por lo diferentes que eran esos experimentos respecto a las motos normales, los que recordaban aquel primer cacharro a vapor sintieron nostalgia, y surgió el impulso de intentar reproducirlo. Aparecieron copias modernas que imitaban sus tics y defectos, aunque trataban de suavizarlos, quedándose con lo mejor de la sensación inicial. En este nuevo mundo parecía que cualquiera podía coger una llave inglesa y crear su motocicleta ideal en su taller.

Y eso estaba bien.



Photo by Ahmed Nishaath on Unsplash

2 comentarios:

  1. Magnífico símil.
    {Aunque los "varios manillares" igual chirría un poco).

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  2. "La parábola del steamclon de Frankenrol". El final muy del génesis, "y Dios vio que era bueno".

    Me ha gustado. :D

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