relato

Fe verdadera



¿Es usted un demonio? Soy un hombre. Y por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios.

—G.K. Chesterton


Mientras la iglesia se quemaba con nosotros dentro pensé si lograría extraer algún sentido de todo aquello, para tranquilizar al menos el poco tiempo que me quedaba. La gruesa puerta de madera crujió y el humo empezó a filtrarse en la sacristía, así que aparté a la niña, mojé un trapo con el agua de la primera botella que encontré y le dije que se tapase la boca y la nariz con él. Sería gracioso que el agua bendita nos salvase de una forma tan trivial. Raquel era muy despierta para tener seis años así que obedeció sin rechistar, mirándome con esos ojos enormes y confiados. Con el infierno desatándose a nuestro alrededor seguía adorándome. Me pregunté si esa admiración de hermana pequeña estaba justificada. Y si realmente importaba mucho ahora. ¿Iba a decepcionarla tratando de explicarle mi realidad, momentos antes de morir abrasados? De haber podido, ella no habría elegido estar en otro lugar. Para mi sorpresa, me dí cuenta de que yo tampoco.


***


Dos días antes, también a medianoche, me encontraba encaramado a la barandilla del Puente Nuevo reuniendo el valor para saltar a las aguas negras. La suciedad bajaba haciendo remolinos y yo hacía tiempo jugando con la idea de buscar un lugar más limpio. Sería un suicida, pero un suicida pulcro, dispuesto a cumplir aquello de dejar un bonito cadáver. Me balanceé para asomarme. Dicen que si dudas es porque realmente no quieres hacerlo, si no terminarías y ya está. Creo que es un paso suficientemente definitivo como para tener un momento de reflexión. Me balanceé de nuevo, respiré hondo ¿para qué? Empecé la caída, y al instante, llegó el vértigo.

De repente alguien me sujetó, primero del cuello del abrigo y cuando pudo agarrarme mejor, del brazo. Antes de que pudiese darme cuenta tenía medio cuerpo dentro del puente y las piernas colgando en el vacío.

—Siento interrumpir —dijo una voz junto a mi oído. No suelo estropear el espectáculo de una zambullida nocturna, pero necesito tu ayuda.
—¿Qué? —Conseguí articular.
—La respuesta es sí o no... la primera te sube, la segunda te baja de cabeza a los infiernos. A mí me da igual, no creo que me falten suicidas esta noche. Tú decides.

Y evidentemente dije sí. Sin saber muy bien por qué, quizá habiendo recuperado algo de la intriga que te hacer querer vivir, o por lo menos no morir inmediatamente.


***


La puerta seguía crujiendo y el barniz saltaba trazando grietas cada vez más profundas. La parte baja ya estaba ennegrecida y coloqué todos los trapos mojados que pude para hacer retroceder las lenguas de fuego. Era una solución provisional, pero por lo menos algo. Raquel estaba en una esquina, cubierta por una manta.

—¿Y la ventana? —me dijo.

Alcé la vista hacia la claraboya, un círculo negro a casi cinco metros del suelo. Ni subida en mis hombros llegaría hasta allí, y luego ¿qué? No habría manera de que ella sola se descolgase por la pared. Pero quizá le diese unos minutos, los suficientes para que llegasen los bomberos. Con eso en mente empecé a mover los muebles, maldiciendo al sacerdote de aquella congregación, que por una vez, y para variar, era un modelo de austeridad: la sacristía solo tenía un pequeño y endeble armario con sotanas y una mesa de trabajo. Coloqué uno sobre otro improvisando una escalera, y anudé la ropa como una cuerda que recé para no tener que usar. Subí, alcé a la niña, que parecía no pesar, y le expliqué el plan.

—Te empujo hasta la ventana, la abres y te agarras con fuerza a esto —le mostré la cuerda. La echas por fuera, yo sujeto el otro extremo desde aquí. No va a hacer falta que bajes por ella, solo esperar todo lo posible ¿vale? Vendrán a por nosotros.
—Vale —asintió valientemente.

Había omitido a propósito la parte en la que el fuego hacía imposible que yo la sujetase más, o en la que el humo hacía la espera tan peligrosa que tenía que hacerla bajar por el exterior sin remedio. Mejor así.

—¡Adrián! —gritó de repente una voz al otro lado de la puerta.


***


—Me llamo Adrián —dije a mi desconocido salvador, que caminaba a mi lado pero parecía no tener el más mínimo interés. Le tendí la mano.
—Sí, lo sé —dijo sonriendo y la estrechó. Mi nombre es Silas.
—¿De qué va todo esto, Silas?
—Es muy fácil —respondió él, acelerando el paso. Esta noche necesito a alguien que no tenga nada que perder. Me ayudas, amanece, y luego si quieres sigues tu camino. Nada más simple.
—Simple para ti —repliqué—. Yo no me estoy enterando de nada. ¿En qué quieres que te ayude? ¿Algo ilegal?

Con una carcajada puso punto final a la conversación y seguimos cada vez más rápido pasando por callejones y recovecos que no había visitado en mi vida. Yo que creía conocer muy bien la ciudad. Estaba claro que mi silencioso acompañante me superaba con creces. Nos detuvimos en uno de esos parques de los suburbios, con bancos de metal oxidado, barro, suciedad y hierba gris. Por primera vez no me preocupó que me atracasen. Tenía una sensación indefinida de estar seguro... o puede que fuese que acababa de intentar matarme y eso aleja muchos miedos.

—¿Sabes lo que es la fe verdadera? —me preguntó Silas, sin mirarme. Sus ojos estaban buscando algo entre los bloques de apartamentos frente a nosotros.
—¿Fe como en la iglesia? No soy religioso, lo siento —respondí.
—La fe verdadera es la capacidad del ser humano para creer en algo tan firmemente que la realidad a su alrededor se moldea basándose en esa creencia —su voz sonaba mística, pero convencida. Imagina que alguien confiase tanto en ti como para poner su vida en tus manos.
—No querría esa responsabilidad —repliqué.
—Eso no se pide, ni se elige. Alguien cree en ti, por lo que eres, por lo que significas. Cuando ese sentimiento es tan fuerte y sincero, es fe verdadera. Como la de esa niña —señaló hacia un cuadrado de luz, unos pisos más arriba.

Una sombra se movía a contraluz. Me dio la impresión de que se cepillaba el pelo, mientras paseaba de un extremo a otro de la habitación. Para cuando quise darme cuenta, Silas ya se dirigía al portal del edificio.

—¿Vas a explicarme qué hacemos aquí? —le grité mientras corría a ponerme a su altura.
—¿Sabes por qué te elegí? —dijo ignorando mi pregunta, mientras pulsaba el botón de llamada del ascensor.
—Porque no tengo nada que perder, tú mismo lo dijiste. Supongo que si me pasa algo nadie hará preguntas. Y crees que me dará igual vivir que morir. Pero no sé cuáles son tus planes.
—Te equivocas. Te elegí porque no eres como otros suicidas. Antes de decidir lanzarte al canal habías tenido un pensamiento muy claro: que te gustaría que tu muerte tuviese algún sentido... haciendo que la vida que abandonabas también lo tuviese. ¿No es cierto? ¿No habías buscado una causa por la que sacrificarte, y al no encontrarla optaste por el final más sencillo? —Me miró como si pudiese atravesarme. Te has sentido vacío desde que eras un crío, Adrián. Ahora puedes ponerle remedio.

No supe qué decir. El ascensor llegó con un zumbido y chasquidos de maquinaria. Mientras subíamos encontré algo que sí que necesitaba saber.

—Silas... ¿será algo bueno?
—Lo será.


***


—¡Adrián! —repitió la voz al otro lado de la puerta. ¿Qué crees que estás haciendo? ¡Esto no era lo acordado!

Le ignoré y alcé a Raquel hasta la ventana. Se encaramó al hueco, luchó con el pestillo y la abrió. El aire de la calle limpió algo el del interior, pero me dio la impresión de que el crepitar de las llamas también se hacía más fuerte.

—¡Sube! —me gritó la niña.
—Recuerda lo que hemos hablado, agárrate a la cuerda.

La puerta de la sacristía se astilló y un torrente de llamas invadió la estancia. Caminando entre ellas apareció Silas, o alguien con su mismo rostro. Los engendros habían hecho su trabajo, su ropa estaba manchada de sangre y su cara marcada por los cortes paralelos de unas garras. Aun así su aspecto era imponente. Un aura blanca le envolvía, extendiéndose hasta tomar la forma de dos gigantescas alas, tan grandes que parecían rozar el techo de la habitación. Intenté que la imagen no me paralizase, concentrándome en su rostro y su mirada, absolutamente desquiciada. No había nada angélico en él. Ya no. Grité.

—¡Raquel, agárrate y salta!


***


Unas horas antes estaba corriendo por las calles con una niña de seis años en brazos. Sus padres nos la habían entregado después de una larga charla en la que yo no participé. Silas me dijo lo que necesitaba saber: nos perseguirían, nos cazarían. Debía llegar con Raquel a la vieja iglesia de las afueras, donde el sacerdote me indicaría lo que debía hacer. A la pregunta de quién sería nuestro enemigo, Silas respondió:

—Nosotros somos un punto intermedio entre el fanatismo y la destrucción. Entre los que querrán que esta niña crezca en la ceguera, sin saber siquiera que Dios existe realmente, y los que la temen y preferirán exterminarla. Así que teme a todo el mundo y no dejes de correr.

A pie podía pasar de las calles a los callejones, colarme en edificios, salir por las azoteas, descender por las escaleras de incendios, entrar en locales para salir inmediatamente por la puerta de atrás. De chaval lo había hecho huyendo de la policía, y daba resultado. Ahora no sabía a qué me enfrentaba. ¿Fe verdadera, Dios? Esas cosas siempre me habían parecido tan lejanas, tan de otras personas. Miré hacia bajo, hacia la cruz de madera que Raquel había puesto en torno a mi cuello antes de salir. La había hecho ella misma. ¿Debía pensar que era una niña demasiado inocente, que creía en cosas que no existían? ¿Y si era yo el que estaba equivocado?

El sonido bronco de un motor me sacó del trance. Un coche trucado, negro y grande como un tanque, se había puesto a nuestra altura. Sabiendo que no podía significar nada bueno miré el nombre de la calle... solo dos manzanas más.

—¡Eh chico! ¿Te llevamos? —dijo alguien desde el interior lleno de humo. Solo alcancé a ver unas gafas oscuras, una sonrisa de dientes perfectos y un peinado rockabilly. En otra situación me lo habría tomado a broma.
—No gracias... ya estoy cerca —respondí.

Todo ocurrió en un segundo. El coche subió a la acera cortándome el paso, pero lo vi venir y ya estaba en pleno salto, sacando fuerzas de ninguna parte. Raquel se abrazó a mí, caímos sobre el capó y pasamos al otro lado. Reemprendí la carrera sin mirar atrás, oyendo el chirrido de las ruedas derrapando y rezando para llegar a la esquina antes de que pudiesen enfilar hacia nosotros. La niña se unió a mi plegaria, de una forma extrañamente reconfortante. Por un segundo tuve la sensación de que era ella la que me protegía a mí.

Usando calles paralelas conseguimos llegar a la iglesia, sin noticias del automóvil negro, por suerte. El sacerdote nos esperaba en la puerta. Supe que llevaba toda la noche esperando que apareciésemos, pero también supe nada más verle que algo no marchaba bien. Nos hizo pasar y en el momento en el que escuché los cerrojos a mi espalda mis temores se confirmaron. Junto al altar varias personas discutían acaloradamente. Un par más nos observaban desde detrás de las columnas, vigilantes. Una reunión demasiado siniestra para mi gusto. El sacerdote puso cara de circunstancias y nos indicó que avanzásemos.

—Tú debes ser Adrián —dijo el más alto, volviéndose hacia mí. Su cara me resultaba familiar pero no lograba ubicarla.
—¿Y tú quién eres? —repliqué. Mi cabeza me decía que dijese que no tenía nada que ver, que mi misión estaba cumplida. Solo tenía que dejar a la niña, que ahora estaba sentada en uno de los bancos, y recuperar mi vida. Pero no podía hacerlo.
—Llámame Ismael... Has llegado hasta aquí por motivos equivocados, impulsado por la persona equivocada... ¿prefieres que te cuente la verdad o que te diga algo sencillo, comprensible y que te permita dormir esta noche?
—Mira, "Ismael"... —dije, con un tono de voz que me sorprendió a mí mismo—. No sé quién eres. Esta noche no sé quién es nadie, tan solo sé que me estáis usando como un peón, igual que la estáis usando a ella. Ni siquiera sabes cómo está. No te importa. Quiero que me digas qué puedo hacer para sacarla de aquí y llevarla a un lugar seguro, guárdate todo lo demás.

Un silencio tenso se extendió por la iglesia. Escuché al padre comenzar una oración. Ismael me miró, de nuevo con esa mirada que parecía atravesarlo todo, y sonrió.

—Eres valiente y has tomado una decisión. Aun así necesitas saberlo —me hizo una seña para que me sentara—. Esa niña, Raquel, es pura y cree... con una fe intensa, sin que nadie se lo haya enseñado, sin que haya visto nada ni escuchado a nadie más que a su propio corazón. Eso la convierte en motivo de admiración para unos y de temor para otros. Ahora mismo nosotros, como emisarios de los ejércitos del Cielo, y el hombre que has visto y sus engendros, como parte de la legión del Infierno, estamos a punto de romper muchos pactos y poner en peligro el tejido de la realidad, por ella. Nosotros deseamos preservar su inocencia y su libre albedrío, mientras que los demonios quieren verla muerta antes de que se convierta en un arma demasiado poderosa en nuestra guerra. El que te la ha entregado, aquel al que tú conoces como Silas, es un zelote, un ángel renegado que cree que los seres humanos deberían vivir conociendo la existencia de Dios no por sus obras, sino con pruebas, con la esperanza de desarrollar así una fe más fuerte en un mundo como el actual, que no la tiene. No confía en la capacidad de las personas para decidir, acertando o equivocándose en el proceso. Sacrificará su derecho al libre albedrío por lo que él, y otros como él, creen que es más justo.
—No entiendo... de verdad ¿ángeles y demonios? Me estás tomando el pelo —le interrumpí. La cabeza me dolía y el aire empezaba a faltarme—. No sé a qué estáis jugando, pero por favor, ¡dejadlo ya!
—Piensa en lo que has visto... y en lo que no. ¿Qué te dice tu corazón?

El mismo vértigo del puente se apoderó de mí. Cerré los ojos para tratar de dominarlo. Al poco noté una mano diminuta sobre mi frente. Era Raquel que me tomaba la temperatura y me miraba preocupada. En ese momento lo supe.

—¿Por qué yo? —dije poniéndome en pie y tomando a la niña en brazos. Los brazos y la espalda ya me dolían de llevarla así, pero no me importaba.
—Silas te encontró, nada más. No hay ningún motivo. Él no podía arriesgarse y te escogió a ti, como podría haber parado a alguien por la calle. El plan era traerla hasta aquí y que él, con ayuda del sacerdote, le explicasen una realidad que no necesita saber sobre la naturaleza de Dios. Lo hemos impedido pero en breve estaremos rodeados. Los engendros no combatirán en tierra consagrada si pueden evitarlo, el demonio menos aún, pero harán arder la iglesia hasta los cimientos si es necesario. No sabemos dónde está Silas, pero no le hará gracia ver cómo se ha torcido todo.
—Me la llevaré de aquí —dije.

Un golpe sonó en la puerta.


***


Los siguientes minutos son una mezcla confusa en mi mente. Recuerdo a Ismael y los suyos saliendo al exterior a defender la iglesia y a nosotros escondidos dentro. Un resplandor como la luz del día y una figura alzándose, vista a través de las vidrieras. Gritos y explosiones, y finalmente fuego por todas partes. El padre me empujó hacia la sacristía. Y allí empezó y terminó todo.

Raquel saltó, no lo supe en ese momento pero agarrada a la cuerda hecha con sotanas se descolgó hasta el suelo, donde Ismael, maltrecho pero victorioso, la recogió. Me dijo que no lo habría logrado si yo no hubiese ganado tiempo enfrentándome a Silas. Lo hice. Peleé con él, como un ratón pelea con un león. Y morí en el intento. Arrancó el alma de mi cuerpo y estuvo a punto de mandarla al olvido, pero incluso entonces se puede decir que me aferré con uñas y dientes.

Cuando el fuego se apagó y fueron a buscarme, estaba allí, junto a mis restos carbonizados. En reconocimiento a lo que había hecho me dieron a elegir, un privilegio que pocos tienen. Elegí quedarme. Ahora ella no puede verme, pero sigo siendo su guardián. Quiero estar ahí, aunque esta sea una batalla que dure eternamente.






// Este relato pertenece al juego de rol Angelorum, que no llegó a publicarse.



Photo by Ravi Roshan on Unsplash

5 comentarios:

  1. Por qué será qué me ha molado... xD

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  2. ¿Has hablado de ese no juego en el blog?

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    Respuestas
    1. Comenté algo no hace mucho, veamos... pues sí, solo hace 15 años.

      https://frankenrol.blogspot.com/2005/09/diario-de-diseo-angelorum-i.html

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    2. Lamento no recordarlo, mi memoria no es la que era hace 14 años.

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