6 mar. 2020


En su último video, Nekojitablog hablaba de un caso sorprendente a la par que terrorífico: en Japón, o al menos en la zona de Tokio donde viven Yuko y Ernesto, se había agotado el papel higiénico, debido a un bulo propagado en Twitter a costa del coronavirus. Resulta espeluznante darse cuenta de lo fácil que es manipular a la gente, y de cómo unas pocas palabras dichas en una red social pueden traducirse en pánico y en efectos que se extiendan por todo un país. Como en una profecía autocumplida, el temor a la escasez provocó que la hubiese. De la misma manera, el miedo a una pandemia puede ser mucho más destructivo que la propia enfermedad.

En este blog he escribo muchas veces sobre posibles causas para que el mundo se acabe, y el tema de los virus imparables que acaban con la humanidad ha sido recurrente. El post-apocalipsis es un escenario muy común en películas, novelas y juegos de rol, y siempre me lo he tomado como un ejercicio mental más. ¿Dónde estarás tú cuando todo se derrumbe? Sin embargo el marco aquí siempre ha sido lúdico, y es muy diferente ver a los medios de comunicación serios embarcados es lo mismo, a menudo sin el menor atisbo de contención o responsabilidad.

El miedo vende, la gente enciende el televisor y se queda pegada a los programas matutinos, llenos de tertulianos de tres al cuarto que ponen cara de funeral y hablan de que las cosas son peor de lo que parecen. Los periódicos online apuntan cada nuevo fallecimiento en un siniestro recuento de bajas, sabiendo que personas preocupadas entrarán una y otra vez para ver cómo van las cosas y si su país o su ciudad están en la lista negra. Y a estos supuestos "periodistas" no les importa exagerar y tergiversar, son conscientes de que el sensacionalismo cala más hondo que los hechos científicos porque es emocional, no hace falta pensar. Deshacer el daño que provocan estas tácticas es muy difícil porque en los titulares nunca salen las personas que se recuperan ni se hace una reflexión real sobre lo que podemos esperar del coronavirus, salvo honrosas excepciones.

Después de tantos años con películas de catástrofes y zombis, la ficción es una de las mayores referencias de la gente. No es casualidad que una de las películas más vistas a día de hoy en los servicios de alquiler online sea Contagio (2011), cuya trama reproduce una situación parecida. El problema es que se trata solo de eso, una historia inventada. Si nos dejamos guiar por ella o por informaciones sin confirmar que nos llegan por grupos de Whatsapp acabaremos con titulares como los de los habitantes de un pueblo de Ucrania apedreando el autobús de los evacuados por el virus, o el del estudiante de Singapur al que dieron una paliza simplemente porque en la cabeza de unos cuantos, cualquier excusa es buena para el racismo y la xenofobia.

Y mientras tanto los titulares tremendistas siguen, en vez de explicar que el Covid-19 no es el virus Z, que ni se transmite ni mata con tanta facilidad, y que esto no va a convertirse en The Walking Dead. Deberíamos haber aprendido de la epidemia de ébola de 2014, con la que la prensa nos saturó durante meses, pero tal y como vino, se fue... aunque solo de las portadas. Simplemente la historia se hizo vieja y los medios decidieron pasar a otro tema. La realidad es que hay enfermedades contagiosas, y letales, con las que el mundo ha aprendido a convivir día a día, como la malaria, el dengue, el propio ébola o la humilde gripe común. Si se informase de su saldo de muertos de la misma manera que se está haciendo ahora, nadie saldría de casa y se pediría un cierre de fronteras constante.

En mi opinión, lo mejor que podemos hacer es no seguirles el juego a los vendedores de miedo, desmentir bulos, exigir información veraz y tratar de calmar a las personas que nos rodean. Ya que ellos no lo hacen, seamos nosotros los que actuemos con criterio y responsabilidad.



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