26 ene. 2019

26.1.19
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Corrió. Corrió con las manos atadas a la espalda, el pecho al descubierto, arañado por las zarzas y marcado por los golpes. Corrió con los pulmones ardiendo por el aire nocturno, los pies descalzos, heridos por las piedras, los zapatos tragados hacía rato por el barro. Se hundía ahora en un nuevo surco, en otro campo, ya no los diferenciaba. La luz de la luna convertía su avance en una película desenfocada que bailaba frente a sus ojos. Todo se mezclaba. Los árboles, las toscas vallas de madera por las que se colaba a empujones, sus propios jadeos agónicos mientras trataba de orientarse, sin detenerse aunque las piernas le doliesen y le pesasen como si fuesen de cemento. Agradecía que el frío nocturno entumeciese un poco sus heridas.

Aturdido, agotado, pero con una constante: el rugido del motor del todoterreno acortando la distancia y las risas de los hombres que le perseguían. De vez en cuando le llegaba el amenazador sonido de un arma cargando y apretaba los dientes, esperando el disparo final. Cuando se escuchaba el estampido y el proyectil volaba por encima de su cabeza, o la corteza de un árbol saltaba en pedazos a su lado, podía respirar de nuevo y concentrarse en correr, sólo en correr.

Ya no se preguntaba por qué. Era la víctima propicia, el lugar equivocado, sumado al inagotable pozo de la crueldad humana. Le siguieron después de salir de una gasolinera, le sacaron de la carretera embistiéndole con su destartalada camioneta y después le rescataron de la zanja en la que había quedado atrapado. Le sacaron de su coche y el primer saludo que recibió fue un culatazo que le dejó sin aliento y le tiró al suelo. Allí sólo pudo encogerse y agachar la cabeza para soportar la lluvia de patadas y puñetazos. Ni siquiera se molestaron en quitarle la cartera y el teléfono, aquello no era un robo, sino simple diversión.

Le arrastraron, le desnudaron y le ataron las manos con un cable. Entre la confusión y el dolor, sintió que le cargaban en la parte trasera de su ranchera. El metal helado le pareció cómodo por un momento, sólo porque mientras estaba allí tendido dejaron de pegarle. La luna y las copas de los árboles que pasaban a toda velocidad centraron su atención, cualquier cosa con tal de evadirse de lo que estaba ocurriendo. Pero sus captores no querían darle cuartel, y los golpes con las punteras de las botas no se hicieron esperar. El sabor metálico de la sangre llenó su boca y sus dientes rechinaron cuando uno de los impactos dio en su mandíbula, dejándole inconsciente.

Despertó tirado en un campo frente a un granero. Las luces le herían los ojos, estaba en una granja de algún tipo. Era el centro de atención aquella noche, media docena de hombres hablaban y tomaban cerveza a su alrededor. Sólo alcanzaba a ver sus pies y los cañones de sus armas, que de vez en cuando le clavaban en las costillas. En un par de ocasiones le sujetaron por el cuello, obligándole a levantar la cabeza. Querían admirar la captura del día.

Cuando el grupo se cansó de beber le arrastraron enganchado por sus ataduras y le llevaron al límite del terreno. Los surcos recién arados se extendían hasta perderse en la oscuridad. Una línea de árboles se adivinaba mucho más allá. Le colocaron, erguido y tambaleante. Abrieron la valla. Escuchó risas y vio cómo intercambiaban dinero, quizá apuestas por su vida. Después el sonido de armas siendo cargadas y preparadas. Supo lo que iba a ocurrir. Él sería la liebre en aquella cacería, tendría suerte si un disparo en la espalda no le tumbaba en los primeros pasos. Pensó en su cuerpo magullado, sus piernas doloridas, la sangre que caía de la brecha de su frente y que le impedía ver con claridad por su ojo izquierdo. Quizá fuese mejor derrumbarse allí mismo y dejar que acabasen ya, sin prolongar su agonía. Entonces escuchó un silbido.

Corre. Corre. Corre. Rugió su cerebro, o quizá sus entrañas, negándose a aceptar su suerte. Con una rabia salvaje se internó en la oscuridad, agachado y moviéndose en zigzag, con zancadas torpes pero devorando los metros a cada segundo. La tierra húmeda le reclamaba como una trampa mortal aferrándose a sus pies, pero no se rindió a ella, alzó las rodillas y se liberó con un esfuerzo titánico. Sus perseguidores enmudecieron un instante antes de volver a gritar de nuevo, jaleándose entre ellos, listos para comenzar la persecución. Escuchó la primera salva de disparos, sintió un tirón y una quemadura abrasadora se extendió por su oído. Algo le había rozado, sin herirle de gravedad, aunque eso no mitigaba el dolor.

Los aullidos de sus perseguidores se mezclaron con la tos ronca de un motor que se ponía en marcha. Encendieron focos pero él se negó a darse la vuelta para mirar, sabía lo que se aproximaba. Era el todoterreno, moviéndose por el campo, dispuesto a pasarle por encima.

En su huida desesperada, vio que se acercaba a una valla de alambre de espino. Había conseguido llegar al otro lado del campo. No podía saltar por encima sin usar las manos, así que sin pensarlo se tiró al suelo y reptó. Se arañó la espada, pero tras patalear y empujarse como pudo, logró rodar a lo que parecía una vieja acequia. Gruñó al incorporarse y se internó en el bosque, sin preocuparse por la maleza, ni el azotar de las ramas. Corrió. Corrió con aquellos gritos inhumanos tras él, con más miedo de lo que le harían si un disparo no le tumbaba a la primera, que de la propia muerte.

La garganta seca le pedía agua, pero detenerse para beber de los charcos era un lujo ahora. Les tenía tan cerca que cada pocos metros la luz de los focos le alcanzaba, lanzando su sombra alargada sobre los campos. Entonces se echaba cuerpo a tierra, rodaba y trataba de apartarse para despistarles, pero cada vez era más difícil. Ni siquiera sabía de dónde había sacado fuerzas para hacerlo hasta ahora. Sus perseguidores parecían cada vez más enardecidos por la caza, como si la negativa de su presa a entregarse y morir les excitase aún más. No podía saberlo, pero intuía que había habido otros, hombres y mujeres, huyendo a través de aquellos campos, siendo abatidos y arrastrados de vuelta, quizá colgados y expuestos como trofeos.

No. Él, no. Nunca había sido atlético, ni había practicado ningún deporte. No se había peleado con nadie, ni había tenido que defenderse jamás. Sumergido en una vida plácida en la que la seguridad se daba por hecho, jamás había sentido pánico, ni angustia, no había tenido miedo a morir. Hasta aquella noche. Y con el corazón a punto de estallarle en el pecho, repetía como un mantra, en su cerebro: él, no. Él correría más rápido, más lejos que nadie. Él no caería allí.

Un valla de placas metálicas, más alta que las demás, apareció después de superar un desnivel. Era un cercado, quizá para ganado, se extendía a ambos lados y no veía ninguna entrada. No tenía tiempo de rodearlo, en cualquier momento los focos del todoterreno trazarían su silueta sobre la pared y se convertiría en un blanco fácil. Embistió contra la plancha más cercana tratando de desencajarla. Escuchó silbidos y gritos a su espalda, ya estaban muy cerca. Cargó de nuevo, magullándose el hombro, pero logrando abrir una brecha, al otro lado se veía tierra húmeda y huellas de animales, ahora le daba igual cuales. Se coló en el interior, cortándose con el borde mellado al pasar. Perdió pie y se precipitó, rodando por el barro.

Estaba oscuro, los charcos helados, tomó aire. El tiempo pareció detenerse. Cuando alzó la vista se encontró frente a él cuatro pesadas patas, que al principio no supo identificar. El pelaje blanco estaba manchado, con retorcidas costras de suciedad aumentando el tamaño del animal, ya de por sí enorme. El torso era ancho y poderoso, el cuello grueso sujetaba una cabeza descomunal con fauces babeantes, el vaho cálido salía por ellas y se elevaba como el resoplar de un dragón. El perro, viejo y surcado de cicatrices, era un mezcla de varias razas, mastín, dogo, san bernardo, sin que ninguna dominase pero todas aportando sus rasgos más brutales. Aquella mandíbula podría destrozarle en un segundo si se lo proponía, y para el animal sería un mero juego.

Otras sombras le rodearon, más perros, también mestizos de gran tamaño. Un grupo de descastados que compartían con su líder el aspecto salvaje, las caras marcadas, las orejas rotas, señales de haber sido golpeados repetidas veces por negarse a obedecer. Quizá por eso estaban encerrados allí, abandonados para que se despedazasen entre ellos o reservados para ser usados en peleas ilegales. Y le miraban. Los perros le miraban. Por un instante, no sintió miedo, sino una inesperada tranquilidad. Si tenía que morir, que fuese allí mismo.

El perro blanco agachó la cabeza para olerle. Él permaneció en el suelo, jadeando de agotamiento. Los demás se acercaron poco a poco, repitiendo el mismo ritual. Acercaron sus morros fríos y olisquearon la sangre que caía por su rostro, sus cortes, sus magulladuras. Le fueron rodeando y se preguntó si sería rápido, si dolería. Al menos aquella noche de pesadilla acabaría ya.

Sonaron varios golpes metálicos, venían del lugar por el que él había entrado. Los hombres que le seguían habían visto el espacio por el que se había colado y trataban de ampliar el hueco a patadas. Después se escuchó el ruido de un motor acelerando, luego un sonoro crujido y toda la pared saltó cayendo hacia el exterior. La habían enganchado a la camioneta con una cadena para arrancarla de cuajo. Varias siluetas aparecieron en el hueco con las armas en alto, buscándole.

Sus perseguidores se detuvieron, confusos, incapaces de diferenciarle entre las formas oscuras que llenaban la perrera. En ese instante el líder comenzó a gruñir, enseñando los dientes. Antes de que los cazadores tuviesen oportunidad de reaccionar y dispararle, el animal se había lanzado contra el más próximo, derribándole y destrozando su garganta a mordiscos. El hombre sólo pudo emitir un grito agudo antes de que su voz quedase ahogada en un gorgoteo sanguinolento. Sus compañeros se giraron, aterrorizados, pero antes de que pudiesen ayudarle, el resto de la jauría se les había echado encima.

Y los perros eran más, más hambrientos, más rabiosos, más salvajes. Se escucharon varios disparos pero pronto los dedos capaces de hacerlos también quedaron triturados entre mandíbulas afiladas. En ese momento el todoterreno surgió de repente, embistiendo al mastín blanco con fuerza con el parachoques delantero. El animal salió despedido, rodó y al poco se alzó de nuevo sobre sus patas, encarándose con la máquina. El conductor trató de acelerar y pasar por encima de los demás perros, pero las ruedas patinaron sobre el lodazal. Antes de que pudiese recuperar el control, él agarró la escopeta de uno de los cadáveres a su lado y se encaramó a la máquina, golpeando con la culata a través de la ventanilla. La madera impactó duramente contra el rostro del hombre, aturdiéndonle. La camioneta giró sobre sí misma y tras recorrer unos metros, chocó contra un poste. Las ruedas aún giraron un tiempo antes de detenerse. Los perros entraron entonces y todo se llenó de alaridos y sangre.

Abrió los ojos. Había salido despedido, pero milagrosamente ileso. Observó la carnicería sin sentir nada, ni miedo, ni culpa. De forma inexplicable, los perros seguían ignorándole. Miró al cielo. La misma luna del principio de la noche seguía su camino, impasible ante toda la violencia que se había desplegado bajo ella. Al fin los perros se cansaron de la carne muerta y se concentraron junto a su líder, que se acercó cojeando.

Les vio rodearle pero no pensó en huir. Eso ya no estaba en sus planes. Allí acababa su viaje, no se movería un metro más. Su mirada se cruzó con la del animal. Tras unos segundos, éste se dio la vuelta y guió a los demás hacia el bosque, sin ceremonia. La oscuridad se los tragó y pronto ni siquiera se escuchó el crujir de las ramas bajo sus patas. El silencio lo llenó todo por primera vez.

Una repentina claridad le asaltó y supo por qué seguía con vida. En ese cercado, hambrientos, golpeados y sucios, pero desafiantes a pesar de todo, aquellos perros salvajes le habían reconocido como uno de los suyos.




La imagen que ilustra este relato es de Lucas Favre.

1 comentarios:

  1. Interesante, bien narrado. Me queda la duda de si era una cacería de un negro en la america de la libertad de los 40, luego pensé, por ser este un lugar para la fantasía si es que era un hombre lobo o algo así... Finalmente creo que es una metáfora... O a lo mejor no es nada de todo lo anterior.

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