Quién me iba a decir que un día lo que menos me gustaría de una serie de fantasía medieval sería... la propia fantasía. Me estoy refiriendo a
Juego de Tronos, que la Wikipedia se empeña en poner la etiqueta de
high fantasy pero personalmente me parece un ejemplo claro de
low fantasy. Y de la mejor, todo hay que decirlo.
Un pequeño dragón trepa por el hombro de Daenerys Targaryen y no puedo evitar fruncir el ceño. Con algo de reparo pregunto a aquellos de mis amigos que ya han visto capítulos de la segunda temporada si "ya ha habido magia". Me lo confirman, alguno con mi mismo gesto de poco entusiasmo. ¿Qué ocurre para que reneguemos de esta manera de una de las bases del género? La respuesta más evidente: que no hace falta.
Juego de Tronos se caracteriza por su realismo y su crudeza, no está ambientada en nuestra Edad Media pero tampoco está muy lejos de ella. De hecho la película
Black Death (2010), también protagonizada por Sean Bean, podría ser prima hermana de esta serie sin demasiado esfuerzo. Aspecto, comportamiento, usos y costumbres, todo nos remite a un periodo histórico de nuestro mundo que nos resulta familiar. Esa cercanía convierte a sus gentes en personas antes que en personajes. Haciendo una comparación con la obra de Tolkien, si para los habitantes de la Tierra Media la magia y los monstruos son algo cotidiano, para los de Westeros forman parte de las leyendas, reminiscencias de un pasado que es más cuento y superstición que realidad. Se vive y se muere por el acero, más que por los extraños designios de los dioses o la magia.
La
low fantasy es interesante por varios aspectos, en primer lugar la proximidad al lector, que puede empatizar con los protagonistas y ponerse en su lugar con mayor facilidad. Podemos sentirnos reflejados en ellos porque afrontan los reveses del destino sin la ayuda de espadas mágicas o dones especiales. Los entendemos mejor que a Aragorn o a Perseo de
Furia de Titanes porque son de a pie, no héroes invulnerables. Nadie es intocable, y mucho menos con George R.R. Martin al mando.
El segundo factor es la forma en que beneficia a la credibilidad del mundo. La magia aporta color pero impone una distancia al lector/espectador que a veces es difícil de salvar. Es un recordatorio permanente de que ese lugar no es como ninguno en el que él haya estado o vaya a estar nunca. No se aplican las mismas reglas, lo que significa que en cualquier momento todo puede dar un vuelco sin que podamos preverlo o entenderlo. Si eliminamos la fantasía sacrificamos esa posibilidad permanente de sorpresa, en favor de un desarrollo más consistente... que depende del autor aprovechar. Habría que preguntarse si realmente echaremos en falta la parafernalia: ¿qué impone más respeto, una partida de orcos o un grupo de montañeses salvajes de camino al Nido de las Águilas? ¿Aportan algo relevante los primeros?

Por último está el desarrollo lógico de la trama. Ceñirse a lo "real" supone asumir que no hay eventos sobrenaturales, no esperamos la aparición de semidioses que impongan su caprichosa voluntad, ni tampoco nigromantes sacando de la manga el último y letal hechizo supremo, sólo interacciones entre personajes, simpatías, odios, traiciones. Al igual que en las obras de Shakespeare, encontramos a los actores sufriendo por temas universales, tan válidos hace 500 años como ahora: celos, ira, orgullo, honor. Motivaciones mucho más potentes porque en algún punto también han sido las nuestras.
Existen otros puntos fuertes en esta vertiente realista, quizá secundarios pero también relevantes. El principal entre ellos que lo sobrenatural no se vuelve una excusa para adornar una historia insulsa o trillada, como puede ocurrir en
Eragon o en mucha de la literatura juvenil actual. El enésimo drama adolescente queda más digerible si se sitúa en un reino lejano y se maquilla con poderes sobrenaturales, elegidos, profecías, etc. Y de rebote el autor consigue saltar de la estantería de novela rosa a la de "Fantasía / Ciencia Ficción", mucho más rentable hoy en día.
Entre los inconvenientes de optar por la
low fantasy -porque no todo puede ser bueno- es que da menos pie a la épica, en general. Como mínimo no pavimenta el camino hacia ella. El poder que se maneja es mucho menor y el
sense of wonder pasa a depender de lo buenos que sean nuestros personajes, diálogos y trama en general. En ese sentido, sin trucos ni artificios a los recurrir, exige que el escritor sea mejor en su oficio y que la obra, como pasa en
Juego de Tronos, tenga la fuerza para alzarse por sí misma.