lunes, 4 de mayo de 2015

Centrándonos en la propia labor de traducción, ¿cómo acomete un autor o una obra nuevos?
Hay algunos a los que ya conozco y por tanto sé por dónde van. Si no, entro despacito, de tal manera que en el primer capítulo voy tanteando. Conforme me adentro, tomo conciencia del conjunto. Entonces vuelvo al principio y compruebo que está en sintonía con todo lo que he hecho después.

¿Se puede llegar a establecer una relación íntima con un autor que vivió siglos atrás?
Pues sí. Porque el traductor, por su propia labor, va conociendo al traducido en una dimensión profunda que al lector se le puede escapar. Esto sucede porque cuando te sumerges a fondo en un texto, lo desmontas y lo desmenuzas, salen a relucir cosas que en una lectura rápida y lineal permanecen ocultas.

(...)

¿Cuesta volcar la voz de un autor de un idioma a otro?

De eso se trata, ¿no? Para conseguir esa voz, ese timbre propio, tienes que lograr cierta familiaridad con el autor. Y en eso el lenguaje escrito funciona de manera distinta al oral. Tanto la forma como el contenido son determinantes: si usa frases largas o cortas, la entonación, la extensión de los párrafos, la manera de enfocar la narración, cómo te está dosificando la información…

¿Y cómo se traslada el ritmo del inglés al español?
Con mucha dificultad. Sudando. Hay frases que son muy complicadas, no por lo que dicen, que eso tú lo sabes, sino porque no hay manera de pasarlas al castellano respetando su, digamos, espíritu. Entonces tienes que darle vueltas, ponerlas del revés, hasta conseguir que expresen lo mismo que en el idioma original.


Enlace a la entrevista completa (eldiario.es): “Cuando empecé a traducir terror en los años sesenta, no imaginaba la difusión que el género iba a alcanzar”

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