lunes, 9 de febrero de 2015


El momento en que termina una serie siempre es triste, en especial si ya llevaba años en nuestras pantallas y habíamos cogido cariño a sus personajes. Pienso en este caso en White Collar, que acabó el diciembre pasado, pero vale para muchas otras. El último episodio se convierte en una despedida de viejos amigos a los que no volverás a ver. Sabes que podrás poner siempre que quieras los mejores capítulos y revivir sus aventuras pero ya no será lo mismo. Cuando cae el telón, fundido a negro, la ficción se detiene.

El motivo de las cancelaciones siempre es el mismo, los fríos números. Todos conocemos ejemplos de series de calidad que a pesar de sus buenas críticas no pasaron de la primera temporada, o que aguantaron dos o tres, renqueantes, gracias a los fans. No importa, nadie está a salvo. Al final los bajos índices de audiencia pueden llevarse por delante a cualquiera.

Después de los títulos de crédito hay otras vidas posibles, en forma de cómics, novelas, fanfiction, películas financiadas por crowdfunding... es un consuelo a medias, pero es lo que hay. En el caso de una de mis series preferidas, Leverage, existe incluso un juego de rol, lo que amplía las posibilidades. No es lo habitual, desde luego.

Me gusta pensar que siempre podemos recurrir a los buenos momentos que nos dejaron y la imaginación. Pensar en lo que hizo grandes esas historias y tratar de captar su espíritu. Modelar sobre aquellos personajes, otros nuevos. Porque si nos inspiran de alguna forma, todo lo que hagamos será un homenaje. Y nunca habrá que despedirse del todo.

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