miércoles, 28 de enero de 2015

Cada día nos topamos con docenas o cientos de semillas de ideas y cualquiera de ellas tiene la capacidad de hacer saltar la chispa en nuestra mente, si sabemos prestar atención. La inspiración cotidiana es aquella que podemos obtener de esa interminable serie de estímulos que normalmente ignoramos, etiquetándolos como rutinarios o triviales.

Las personas que nos encontramos en la calle o en el trabajo son nuestro primer campo de estudio. A nivel meramente descriptivo, si nos fijamos en los rostros fuera de lo común y tratamos de reducirlos a unas pocas frases, lograremos un material de primera para caracterizar a los personajes de nuestras historias. Lo mismo ocurre con los tonos de voz o los gestos, cuanto más singulares, mejor. No sólo "pintaremos" mejor a protagonistas y secundarios, sino que pueden incluso crear una vida de ficción a su alrededor con las incógnitas que plantean. ¿Cómo se hizo las cicatrices en la cara el hombre del abrigo gris? ¿No es siniestra esa familia, padres e hijos, todos tan pálidos y caminando tan estirados por la avenida? En cuanto surgen preguntas, se desarrollan tramas para responderlas.

De igual manera, los lugares reales nos ayudarán a construir los de ficción. En cuanto comencemos a fijarnos en ellos para anotarlos en nuestro archivo de recortes particular, aparecerán algunos que estimularán nuestra imaginación. Puede ser un sórdido callejón en el que nunca antes habíamos reparado, una extraña casa señorial, aislada entre los edificios del centro, o aquella trampilla que vimos abierta por azar y revelaba escaleras al subsuelo de la ciudad. No todo tiene por qué empujarnos a lo sobrenatural o al horror, por supuesto. Un polígono industrial de madrugada, un piso del que entran y salen personas sospechosas, los almacenes abandonados junto a las vías del tren, nos remitirán más al género negro, a yonquis, trapicheos y ajustes de cuentas. Sólo hay que dejar que cada sitio nos hable.

Typewriter, de April Killingsworth
Los objetos son otro elemento que no se puede descartar en nuestra búsqueda de ideas, en especial aquellos que por cualquier motivo sintamos que están fuera de lugar. Las marcas de cantero en las losas de una calle determinada. Un mensaje de amor incomprensible pegado en una farola. Un antiguo tintero de bronce con la figura de un dragón, en el escaparate de un anticuario. El mismo graffiti de autor desconocido repitiéndose por la ciudad, en un enrevesado patrón. Infinidad de rostros de piedra tallados en las fachadas de los edificios. Como en los casos anteriores, se trata de juntar piezas de un puzzle y dejar que nuestra mente las ordene.

Por último, un recurso clásico que no hay que olvidar, las noticias. Los periódicos en papel han cambiado mucho en los últimos años, rindiéndose al sensacionalismo y la cultura de la inmediatez. Todo suena igual, trillado, no sólo porque ya lo hayamos visto en internet sino porque los propios periodistas ya no seleccionan los contenidos ni redactan de la misma manera. Por suerte todavía quedan pequeñas columnas en todas las ediciones donde se esconden dramas, crímenes o enigmas de difícil explicación. Una alternativa a recortarlas y ponerlas en un álbum es hacerles una foto con el móvil.

Muchos de los ejemplos que he mencionado están basados en experiencias propias, recopiladas a lo largo de los años. Todo está ahí, para quien sepa mirar en la dirección correcta. La realidad a menudo supera a la ficción, sólo hay que prestar atención, hallar el punto en el que ambas se entremezclan... y escribir.

1 comentarios:

  1. Estoy totalmente de acuerdo. De nuestro quehacer y deambular cotidiano surgen multitud de opciones. Sólo hay que ser observador y apuntarlas en la memoria, o mejor en alguna libreta para después sacarles todo el partido.

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