martes, 25 de marzo de 2014

Las series cortas y autoconclusivas no abundan en el panorama televisivo actual, empeñado en exprimir al máximo aquellas historias que le resultan rentables. True Detective es una de las pocas excepciones, una joya en ocho capítulos salida de la pluma de Nic Pizzolatto, novelista, profesor de literatura y recién llegado a la pequeña pantalla. Las comparaciones no se han hecho esperar: Twin Peaks, Zodiac, Seven o El Silencio de los Corderos se han citado como referentes, pero más allá de los asesinos en serie, los personajes icónicos y el surrealismo está la capacidad del autor para construir una atmósfera que envuelve al espectador y le llena de desasosiego.

Louisiana es aquí algo más que los caimanes y pantanos del tópico. El deambular de los protagonistas por el estado nos muestra un horizonte de refinerías, parques de caravanas, carreteras interminables sobre las que el sol cae a plomo, una colección de zonas rurales desoladas en las que habitan seres humanos más desolados aún. Por ese escenario transitan los detectives Marty Hart y Rust Cohle, tratando de esclarecer un crimen que parece importarles sólo a ellos. En los 17 años que abarca su investigación tenemos tiempo de conocerles y ver cómo evolucionan, crecen o se derrumban. Al igual que con el Rey Amarillo o Carcosa, por cada respuesta que se nos ofrece sobre sus vidas surgen dos nuevas incógnitas.

Quizá ese sea una de los mayores méritos de True Detective, atreverse con el realismo -personal, social- y la complejidad frente a los contenidos simplones y prefabricados que suele ofrecer el género de la investigación policial. Si sólo se tratase de seguir pistas y encontrar un culpable, no habría gran diferencia con cualquier serie semanal de fórmula. Es la apuesta por conocer la mente de ambos protagonistas y su opresivo entorno, dejándonos ver cómo les afecta lo que está ocurriendo, la que marca la diferencia.

La trama se nos presenta con un gran sentido del ritmo y la estructura, otra demostración del saber hacer del guionista. Partiendo de un primer capítulo impresionante, de descubrimiento, cargado de imágenes poderosas, vamos abriéndonos camino a la par de Marty y Rust, contemplando a través de sus ojos cómo las piezas del misterio se van poniendo en su lugar. Aun así se hacen pocas concesiones y es difícil adivinar qué ocurrirá a continuación. Hay recursos interesantes y hasta cierto punto arriesgados, como los saltos entre 1995 y las entrevistas en la época actual. En este punto no se puede dejar de reconocer el magistral trabajo actoral, que ha supuesto la redención de Matthew McConaughey, tan comentada, pero también el reconocimiento de la versatilidad de Woody Harrelson y una larga lista de excelentes secundarios.

True Detective es una de esas historias que brillan por "cómo" cuentan, más allá del "qué" cuentan. Se trata de un viaje de destino impreciso, a ratos oscuro, a ratos onírico, siempre descarnado, que el espectador hace con dos personas que en pocas horas se convierten en sus íntimos. Cuando llega el final sólo queda agradecer el regalo. Es imposible no sentir envidia (sana) de alguien que es capaz de crear algo así y por mi parte estoy deseando saber qué nos ofrecerá Pizzolatto en la siguiente entrega. Como conclusión, aquellos que no la hayáis visto, no perdáis tiempo.


3 comentarios:

  1. Yo ayer me vi el ultimo episodio y coincido contigo en todo. Gran atmosfera, unos personajes llenos de defectos, pero que empatizas con ellos sin tener que caer en sentimentslismo de baratillo y con algunos momentos jodidamente tensos como el final del cuarto capitulo creo que es, el inmenso plano secuencia (es que no quiero hacer spoilers). Aunque eso si, no es una serie frenetica salvo en puntos especificos. Es pausada, cosa que a mi no me importa en absoluto, pero quiza a alguno le eche eso para atras. Una pena, porque se perderan una de las mejores series hechas jamas.

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  2. Qué serie más inmensa.
    Y qué openings los de las series de HBO...

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  3. Recuerde, se dónde vive... espero que no me haya engañado, eso no sería bueno, nada bueno para nadie... Salvo para los caimanes, quizás.

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