jueves, 9 de mayo de 2013


Me asomé a la vitrina, encastrada en una pared del museo, y una emoción difícil de explicar recorrió mi espina dorsal. Desde su interior un búho de metal me observaba con sus ojos fijos en un perpetuo gesto de sorpresa, tan extraño y simpático como lo recordaba. La pequeña ave dorada no sólo era una obra de arte sino también un fragmento de mi infancia, que tuve la suerte de poblar con los monstruos animados de Ray Harryhausen. El indiscutible maestro de los efectos especiales nos dejó anteayer y éste es mi pequeño homenaje a una vida dedicada a hacer la fantasía realidad.

Nunca he sabido si el Bubo que vi en aquella exposición era el mismo que acompañó a Perseo en la película. Me gusta pensar que sí, aunque al mismo tiempo se me hace extraño haber tenido tan cerca algo que me maravilló tanto cuando era niño. El búho mecánico, el pegaso, los escorpiones, la medusa, Furia de Titanes no dejaba un minuto de descanso, al igual que Jasón y los Argonautas. Todavía hoy al ver esta última espero con impaciencia la escena de la carga de guerreros esqueletos, o aquella en la que los marineros huyen del gigante de bronce por la playa. No es raro que se convirtiesen en favoritos de los fans del género fantástico y sus icónicos rasgos influyesen en directores, escritores, diseñadores, ilustradores...


El mérito de transformar esos minutos de celuloide en pura aventura es de un estadounidense que sin cumplir los quince años ya intentaba emular lo que había visto en el King Kong de 1933. Y lo logró con creces. El toque de Harryhausen, su meticulosidad y su gusto artístico convirtieron en memorables títulos que de otra forma habrían pasado sin pena ni gloria, dando credibilidad a todo tipo de criaturas, ya fuesen mitológicas, extraterrestres o de la prehistoria. La diosa Kali combatiendo a espada con Simbad o el Kraken surgiendo de las aguas, son momentos que ya han pasado a la historia del cine.

En esta época de remakes, desbordados por imágenes por ordenador, ya sea en forma de actores o escenarios virtuales, merece la pena recordar el trabajo artesanal de un genio y con qué pocos recursos se puede cautivar al público. Todos aquellos directores empeñados en maquillar un plano tras otro con CGI harían bien en repasar la filmografía de Harryhausen y preguntarse si lo que hace falta, más que pirotecnia barata, no será talento, creatividad e inventiva.

Hoy en algún lugar más allá del tiempo un batallón de esqueletos se alza de nuevo y hace sonar espadas y escudos para despedir a su padre. Hasta siempre, Ray.

2 comentarios:

  1. Ray Harryhausen ha conocido el aprecio de sus colegas, el cariño de su público y el éxito profesional. Se lo merecía cumplidamente.

    Y aún se merece un sitio en un Olimpo a su medida, extraordinario, imponente, supranatural, algo lúgubre e inevitablemente fascinante... En resumen, un Olimpo diseñado y realizado por él. Gran Ray Harryhausen, te despedimos con el corazón en la mano.

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  2. Vaya tio... Se ha muerto con 93 tacos, y viendo todo lo que hizo, tuvo que que cascar bastante a gusto. Yo por lo menos lo estaría!

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