jueves, 17 de mayo de 2012

El Dios Máquina se alzaba entre las nubes, arcaico y milenario. Mantenerlo vivo requería el esfuerzo de oleadas de operarios que trabajaban en turnos interminables, parando escasamente para comer y dormir. Al principio la casta de los Constructores pensó que lo más difícil sería mantenerles en la cadena de montaje, entre implacables engranajes, remaches al rojo y pozos de vapor abrasador. Sólo ellos conocían el secreto tributo en sangre que hacía refulgir el bronce e impedía que el dios se desmoronase. Sin el sacrificio inconsciente de los operarios su existencia no tendría sentido.

Para ocultar aquella oscura realidad crearon una historia, una fábula de dictadores, villanos, héroes y revoluciones, un cuento con el que al final del día cada habitante que recorría las entrañas metálicas podía soñar con ser libre. De cuando en cuando les hacían participar en esa representación y observaban sus efímeras satisfacciones. Para su sorpresa, nadie puso nunca en duda lo burdo del guión ni a sus torpes intérpretes. Resultó que en el fondo a aquella masa ciega le daba miedo imaginarse más allá de la sombra construida con su propia esclavitud.

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