domingo, 7 de noviembre de 2010

En aquellos días los caminos estaban vacíos, la gente temerosa y el viento traía siempre gritos de agonía mezclados con olor a podredumbre. Yo era un simple escriba cuya misión, acompañar al cirujano real y glosar sus descubrimientos, había acabado abruptamente tras sufrir el ataque de una turba enfurecida. Sólo la suerte había evitado que aquellos aldeanos rabiosos y desesperados me colgasen de los pies, me rompieran todos los huesos y me cubriesen de maldiciones, como a mi mentor. No estoy orgulloso de decir que no hice nada por evitarlo, sólo me arrastré entre el barro y huí. Tras interminables jornadas de marcha reconocí en el horizonte la silueta familiar del palacio de Rinwalmere, el último refugio de la corte ante la plaga. Los pájaros que lo sobrevolaban deberían haberme avisado de que algo no andaba bien. Aquellos horribles pájaros.

Las puertas estaban abiertas y el puente bajado. Los guardias no estaban en su puesto pero no hacía falta: el dulzón aroma de la putrefacción habría espantado a cualquiera. En las esquinas se apilaban bultos que preferí no mirar. Continué hacia el interior, por arcos y escaleras, impelido por una fuerza que no supe explicar. Quizá morbosa anticipación. No podía imaginar lo que me esperaba.

Recostado en el trono de forma despreocupada, el Envenenador me miró y sonrió. En aquella forma vestía una raída casaca negra, larga hasta los pies, que su escuálido cuerpo no podía llenar. Su rostro era de una palidez cerosa, surcado por finas venas rojas, con los pómulos tan marcados que parecían capaces de atravesar la piel. Me fijé en sus manos, de dedos largos, demasiado largos, con uñas sucias de lo que en mi imaginación sólo podía ser tierra de cementerio. Pasaba las cuentas de un rosario hecho con pequeños huesos, quizá dientes.

Me llevó un momento darme cuenta de la espeluznante realidad que nos rodeaba. Bajo el trono y en torno a él se amontonaban los cadáveres, llenando el Gran Salón de tal manera que no quedaba un lugar en el que se viera el suelo. Los cuerpos de aquellos desdichados, hinchados y grotescos, mostraban los signos inequívocos de la plaga. Ni en el más cruento de los campos de batalla, ni en la más horrible pesadilla, podría haberse concebido algo así. Ajusté mi máscara y me aproximé temblando, apretando el manojo de pergaminos contra el pecho, la única forma que encontré de mantenerme cuerdo. Traté de elegir con sumo cuidado el lugar en el que me apoyaba pero me hundí una y otra vez hasta las rodillas. Rinwalmere, antes corazón y alma del reino, era ahora un panteón silencioso, una aberrante fosa común que aquel arconte oscuro había reclamado como suya.

- Por fin has llegado - dijo, con una voz con ecos de cripta y pantano. - Es hora de que comiences a escribir.


Para la mayoría las acciones de los Propagadores de la Plaga pueden parecer simple maldad o la manera en la que unos dementes tratan de complacer a su dios enfermo. Muchos los persiguen sin llegar a entender el porqué de sus ataques. Sin embargo la espiral de pueblos desiertos y ciudades arrasadas que deja tras de sí el hálito negro no es azarosa.

Los Propagadores responden ante el Envenenador, una figura enigmática cuyo nombre ha ido cobrando fuerza en los últimos siglos a medida que sus heraldos se extendían por todo el mundo conocido. Nadie sabe con seguridad si se trata de un espíritu maligno, un avatar de la corrupción o un semidios renegado. El alcance de su poder hace pensar en esto último, pero carece de culto conocido, templos o seguidores. ¿Quién es y qué es lo que busca?

El Envenenador no tiene un único rostro, se presenta en una forma u otra dependiendo de quién sea su interlocutor. A menudo elegirá aquella que cause más sorpresa o repugnancia. Tampoco es fácil dar con él porque no posee unos dominios que reclame como suyos ni se sienta en un trono de huesos a maquinar conspiraciones. Sus elecciones suelen ser más sutiles y macabras. Quizá tome posesión durante una temporada de un palacio abandonado, repleto de cadáveres de aristócratas cubiertos de moscas, para celebrar parodias de fiestas y banquetes con invitados inertes. Puede que regente el cementerio de la capital del reino durante todo un invierno, preparando fosas comunes y llevando en su ábaco la cuenta de los caídos por la plaga. Aparecerá como un antiguo oficial herido en un duelo y muerto por la gangrena, como un contable orondo y abotargado por la gota, una joven suicida tuberculosa todavía con marcas de cuerda en torno a su cuello... . Pero habrá algo en común: en todos los casos la enfermedad será patente en su cuerpo y aquellos que pasen tiempo a su lado reconocerán de forma inconsciente lo antinatural de esa carcasa.

En las pocas ocasiones en las que hace gala de su poder, sus efectos van desde lo sutil a lo devastador. Su toque es helado y ponzoñoso, sus pisadas dejan la tierra estéril y el aire a su alrededor puede volverse asfixiante en un segundo. Domina todas las formas de enfermedad, deterioro y corrupción, sea natural o artificial. Con un soplo puede convertir armas y armaduras en montones de herrumbre o pudrir la madera de una flecha en pleno vuelo.

Entre sus malévolas aficiones se encuentra la de crear venenos, ácidos y todo tipo de sustancias tóxicas que luego desliza en los bolsillos de amantes despechados, hace aparecer en laboratorios de alquimistas o vende anónimamente a asesinos despiadados, por el puro placer de contemplar las consecuencias. Las leyendas hablan de su peculiar y a menudo letal sentido del humor. Es engañoso y embaucador, capaz de prometer la inmunidad ante la plaga para luego retirarla en el peor momento. Sin embargo en ocasiones ha perdonado la vida y sanado por completo a aquellos que han demostrado mantenerse estoicos frente a la enfermedad, quizá porque le son inútiles o como muestra de respeto.

Para cualquiera que siga sus pasos será difícil descubrir el patrón que guía sus movimientos. Aparecerá erráticamente, un día será el doctor que se ocupa de un niño enfermo, al siguiente la sombra que sobrevuela una provincia que ha caído presa de sus "emisarios". Aunque parezca mentira, las acciones del Envenenador no van destinadas a acabar con toda la raza humana. Eso no le serviría de nada. Lo que desea por encima de todo es crear un mundo de perpetuo temor, sufrimiento y agonía. Sin altares ni acólitos, la fuente de su poder es la desesperación: entre el caos, la superstición y el miedo al contagio medra y se va haciendo más y más fuerte. Lo más terrible es la sospecha de que éste es sólo el primer paso. Puede que sólo sepamos sus verdaderas intenciones cuando arroje sobre la tierra los cadáveres del resto de los dioses.

Semillas de Aventuras

  • Abandonados: Prisioneros en las mazmorras de Blankburg por diferentes delitos, los personajes despiertan una mañana y se encuentran las puertas abiertas. Al salir a la luz del sol descubren que están en una ciudad fantasma, la plaga ha golpeado con fuerza devastadora. Sin embargo pronto se hará evidente que esta variante de la enfermedad actúa con más lentitud de lo normal y que no están solos. Al primer ruido las calles se llenarán de infectados, furiosos y enajenados, cuerpos negruzcos e hinchados, ni vivos ni muertos, que les buscarán con implacable desesperación. No habrá más remedio que huir pero ¿a dónde? ¿Y si el reino o el continente entero ha sucumbido? ¿Qué harán si son los últimos de entre los vivos?

  • Ejército de Sombras: Tras cien años de guerra, una nueva arma ha roto el frente e inclinado la balanza en favor del reino de Zang. Se habla de soldados vestidos con armaduras negras que esparcen un vapor mortal, una nube tóxica ante la que los hombres huyen y las formaciones de combate se desmoronan. El emperador de Yin sabe que su caída es cuestión de tiempo y necesita capturar a uno de esos soldados, preferiblemente vivo para descubrir el secreto: esa será la tarea del grupo. ¿Habrán conseguido en Zang dominar a los Propagadores con magia y ponerlos a su servicio? Infiltrarse y romper el hechizo sería lo más efectivo, pero también muy peligroso. Quizá simplemente tendiesen una emboscada a una o más de estas criaturas y ahora emplean sus incensarios para lograr una ventaja decisiva en batalla. Sea como sea, una afrenta de tal magnitud podría hacer que el Envenenador en persona apareciese para vengarse.

  • Pactos Demoníacos: El hálito negro ha arrasado la ciudad y despoblado los campos, la ayuda de los templos cercanos no llega, hay rumores sobre monjes negros que musitan letanías de muerte y depravación. En el castillo el primogénito del archiduque agoniza y no hay salvación posible... o quizá si. El grupo es reclutado para una misión concebida por un demente, buscar el origen de la enfermedad, o mejor dicho a su creador, y suplicarle por la cura. Les espera un recorrido de pesadilla por todos los lugares donde sospechen que pueda esconderse el Envenenador, ya sean catacumbas, barrios en cuarentena o islas flotantes invadidas por la infección. Y cuando finalmente le localicen ¿qué le ofrecerán?

Las geniales ilustraciones son obra de Luis Miguez, al que desde aquí agradezco su interés en esta idea, creo que ha captado perfectamente el espíritu oscuro que quería transmitir. Luis ha adaptado también a los Propagadores a su propio juego, Fudge Feldkirch. A todos aquellos a los que les gusten las ambientaciones góticas de capa y espada les recomiendo su blog.

En breve recopilaremos todo este material, añadiendo las estadísticas completas de las criaturas para Microlite20, y publicaremos la ayuda de juego de "La Peste" maquetada y en formato PDF.

7 comentarios:

  1. Un trabajo, simplemente, soberbio.

    A la espera quedamos de ver ese PDF.

    ResponderEliminar
  2. Nada de a la espera, ¡Lo quiero ya! o el Envenenador llamará a tu puerta Keats..... advertido quedas.

    ResponderEliminar
  3. La opción Pactos Demoniacos molaría un huevo para una partida en plan Silent Hill medieval.

    ResponderEliminar
  4. Como siempre, buena entrada. Da muchas ideas. En una de mis campañas actuales los jugadores se han convertido en foco de una plaga a la que ellos mismos son inmunes.

    A dónde van, todos mueren, menos ellos...

    Y, de nuevo, los dibujos de Luis Míguez son excelentes.

    ResponderEliminar
  5. Casualmente, hoy han publicado el ZonaFandom la siguiente reseña sobre un libro sobre la peste que puede estar interesante:

    http://www.zonafandom.com/literatura-fantastica/mujer-abrazada-a-un-cuervo-inquietante-novela-en-la-que-la-peste-despierta-de-su-letargo

    ResponderEliminar
  6. Amigo es sencillamente genial esta ambientación, me encanta como hilas de bien los personajes y su historia, si no te molesta me gustaría usar los Propagadores de Plaga y al Envenenador en una historia propia, y en algunas ilustraciones.

    Matacho, http://www.matachomaniaco.blogspot.com/

    ResponderEliminar