miércoles, 13 de octubre de 2010


La Peste Negra fue una epidemia que asoló Europa a mediados del siglo XIV, extendiéndose por todo el continente y provocando la muerte a más de un tercio de la población. Sus efectos se grabaron tanto en la imaginación popular que el nombre sigue estando asociado a algo letal y amenazador incluso en nuestros días, casi 700 años más tarde.

Hoy sabemos que la enfermedad llegó desde Asia extendida por los roedores y sus pulgas, aunque no era esa la única forma de contagio. Una de sus variantes se propagaba por el aire, haciéndola aún más peligrosa. El hambre y la pobreza de la época, debida a malas cosechas y guerras interminables, fueron el escenario perfecto para que la peste atacase sin piedad en todas partes. Cansados y famélicos, los europeos estaban su merced: sólo una de cada diez personas infectadas se salvaba. Generalmente la muerte llegaba con una velocidad terrorífica, entre dos y siete días después del contagio, entre fiebre y oscuras hinchazones en la piel, entre toses y terribles dolores, o sin ningún síntoma previo de aviso. Pronto le dieron nombre: la Gran Plaga o la Gran Pestilencia.

Las rutas comerciales se convirtieron en vías de expansión de la peste, al igual que los caminos que recorrían los ejércitos que marchaban de regreso a sus hogares. Los habitantes que huían en desbandada también portaban el mal: en ocasiones había barcos que llegaban a puerto con todo el pasaje muerto, incluida la tripulación, capitán y timonel, como un presagio siniestro y fantasmagórico de lo que esperaba a la ciudad en la que atracaba.

El imparable avance de la peste provocó todo tipo de reacciones: aquellos que lo consideraban un castigo divino se flagelaban por las calles implorando perdón, se desató la superstición y el miedo. La Iglesia estaba impotente, e incluso sufría más que la población normal la mortandad entre sus filas: los enfermos acudían a sacerdotes y monjes en busca de ayuda, y estos caían al poco tiempo con los mismos síntomas. El golpe para la fe del pueblo llano fue tremendo.

La medicina de la época no disponía de medios ni conocimientos para luchar contra la enfermedad. Se popularizó la figura del Doctor de la Peste, que recorría los pueblos afectados con su traje negro y su máscara picuda, rellena de sustancias olorosas, a modo de poco efectiva protección. Sin embargo su experiencia era escasa y algunos ni siquiera eran verdaderos médicos.

Ni siquiera las cuarentenas o el cierre de las puertas de la ciudad a cal y canto resultaban efectivos en ocasiones. En pánico, las gentes se encerraban cada cual en su propia casa, muchos sin saber que ya era tarde y que no volverían a ver la luz del día. Se acusó a los extranjeros de propagar la peste, luego a los judíos, a los leprosos... las persecuciones se sucedieron y no era raro que casas e incluso barrios enteros fuesen quemados con los “culpables” dentro. Hubo saqueos, asesinatos, un temor generalizado que favoreció el aislamiento, el oscurantismo, la aparición de charlatanes, estafadores y aprovechados que comerciaban con lo poco que quedaba. Sin mano de obra para labrar, sembrar y recoger las cosechas la hambruna se acentuó aún más.

Finalmente no serían ni las torpes medidas de los gobernantes ni la medicina medieval lo que terminó con la plaga, lo cierto es que no hubo ningún remedio milagroso. La peste se marchó lentamente, desapareciendo para regresar y golpear de nuevo durante décadas, con brotes que fueron disminuyendo hasta que la situación volvió a la normalidad... al cabo de cientos de años.

La peste como trasfondo
La enfermedad puede llegar a cualquier lugar. Un mundo afectado por la peste, sea real o fantástico, es un escenario que ofrece multitud de posibilidades a la hora de ambientar nuestras partidas. A las reacciones reales ya mencionadas se unirán otras, ya sea por la presencia de razas no humanas o por los efectos que la magia pueda causar a la hora de combatir la plaga. También será interesante comprobar qué ocurre si la peste no es el mal que nosotros conocemos sino una variante que sólo ataque a un grupo determinado. ¿Y si se descubre que su propagación no es azarosa, sino que responde a un plan siniestro urdido por un poder en la sombra? Veremos éstas y otras posibilidades.

Intentos de protección
Cuarentenas, ciudades cerradas y aislamiento seguirían siendo algunos de los medios comunes de protección contra la enfermedad. Aparte existirían los propios de un mundo que dispone de magia: se alzarían barreras arcanas, se sellarían las entradas con conjuros y aquellos que pudiesen pagarlo se teleportarían a lugares lejanos.

El emperador podría solicitar incluso que su fortaleza, o toda la capital imperial, fuese elevada entre las nubes o situada en otro plano para alejarse de las zonas infectadas. El pueblo llano, desesperado por la situación, quizá se sentiría abandonado e incluso enfurecido si sus dirigentes empleasen esos recursos y les dejasen a su suerte, tanto como para tratar de asaltar los refugios que los nobles levantasen.

El Doctor de la Peste del que hablábamos antes sería probablemente un clérigo, mago o curandero errante, puede que de una orden creada recientemente, equipado con artefactos mágicos o alquímicos apropiados para su tarea. Acompañar a uno de esos doctores (o encarnarlo) en su búsqueda del origen del mal y de su posible cura sería una buena semilla de aventuras, más todavía si en su viaje descubre a un inesperado antagonista, el Propagador de la Plaga.

Los efectos en la religión
Ante una plaga de este tipo las miradas se volverán en primer lugar hacia aquellos encargados tradicionalmente de las tareas de sanación: clérigos y sacerdotes de diferentes deidades. Al igual que ocurrió en Europa, su éxito o fracaso influirá decisivamente en la fe de sus seguidores.

Si los clérigos tienen éxito a la hora de curar la plaga, se volverán un grupo tremendamente influyente. Desde los reyes a los campesinos recurrirán a ellos y mientras dure la enfermedad su poder crecerá de forma imparable. Este efecto será más acusado si son sólo los sacerdotes de una deidad en concreto los que consiguen frenar la peste. En ese caso el resto de dioses quedarán desprestigiados, lo que se traducirá en multitud de conversiones, también es posible que surjan envidias y acusaciones de haber provocado la plaga para ganar influencia (descubrir si es cierto sería otra posible semilla de aventura).

En el caso contrario, si ningún sacerdote es capaz de curar la peste con sus conjuros de sanación, la población dejará de confiar en ellos. El efecto no será tan agudo como en la Edad Media histórica porque al fin y al cabo los clérigos de los mundos fantásticos siguen pudiendo lanzar otros hechizos, pero aun así la gente comenzará a rumorear que los dioses no son tan poderosos como quieren hacerles creer. Quizá se ponga en duda la utilidad de las ofrendas y tributos, y la situación derive en hostilidad y ataques a los templos y sus representantes.

(Continuará...)

7 comentarios:

  1. excelente ideas, en Curse of the Crimson Throne hay una aventura dedicada a una peste donde se analizan estas cosas.

    Tambien es una idea interesante, los dioses sanadores y de las enfermedades (como el Morgion de DL o la TAlona de RO) pueden ganar mucho o perder en un evento como esto.

    Y de todas formas los clérigos tienen un limite a los conjuros que sanen enfermedades.

    Sip realmente este es un trasfondo muy interesante e inusual

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  2. Una entrada soberbia JKeats, echaba de menos estos posts con tu buen hacer. Sigues siendo de los mejores bloggers de la red hispana.

    Este artículo me puso los pelos de punta, muy bien transmitida la sensación de desesperación que se vivió durante esa época.

    Termina el artículo cuando puedas por favor, es buenisimo.

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  3. Muy buena idea... Realmente se puede hacer una campaña mucho más interesante con esto de trasfondo, o incluso como tema transversal.
    Grande...
    Un saúdo.

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  4. Gracias a todos, me alegro de que os guste la idea, siempre me han interesado los trasfondos con situaciones extremas.

    William, te agradezco el apunte, no conocía el libro y parece que merece la pena. En un mundo en el que el poder de los dioses se puede constatar día a día una plaga quizá sea lo único que les pondría en un verdadero aprieto. Y como decía lo peor vendría si uno de los dioses sanadores no es capaz de detener la enfermedad y otro sí.

    Britait, tengo un par de entregas más en desarrollo continuando con los posibles efectos de la plaga, personajes involucrados y algunas semillas de aventuras. ¡Espero que te siga dando escalofríos! Muchas gracias por tus palabras. ;)

    Gerry, esa es la idea, se puede usar para lanzar un gancho y despistar a los PJs de la trama en curso o darles la oportunidad de entretenerse en búsquedas secundarias, si están atascados en la principal.

    Un saludo.

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  5. Y no olvidarse leer La Peste, de Albert Camus. Llena de ideas de como se siente tener tan cerca esa plaga, incluso para ambientar alguna partida dentro de una ciudad cerrada en cuarentena por la enfermedad. Ya sea como trama principal o como escenario de fondo para las aventuras de los personajes, dando un toque de ansiedad y claustrofobia al tener que moverse por una ciudad en esa situación para cumplir sus objetivos. Puede ser interesante.


    Un saludo.

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  6. Brutal! magnifico trasfondo para todo tipo de partidas. Lo puedes mezclar con un dios de la enfermedad que te pèrmite vivir a cambio de transmitirla como el La tumba de Huma y ya tienes unescenario postapocalipticoedievalfantastico

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  7. Buen el artículo, pero me he quedado con ganas de mayores explicaciones... Además, para mi gusto te has centrado mucho en el tema "dungeonero". Espero la segunda parte con expectación.

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