
Como decía un amigo, parece que ahora está de moda hacer versiones steampunk de todo, desde los personajes de
Star Wars hasta
Iron Man. El estilo retrofuturista se ha vuelto lo más
cool, aunque a veces resulta difícil explicar el por qué de su éxito. El desarrollo de
Leviatren ha sacado a la luz la cuestión de ¿por qué vapor y no algo nuclear, post-apocalíptico y más moderno?
Es una impresión personal, pero el steampunk transmite algo muy diferente a la ciencia ficción convencional y al cyberpunk, más allá de que se usen engranajes y carbón en vez de microchips y blasters. Uno podría pensar que son fácilmente intercambiables, como un disfraz que se pone por encima sin mayor trascendencia para la historia. ¿No sería igual de interesante
Blade Runner ambientada en un Londres victoriano, con Deckard persiguiendo a un grupo de autómatas rebeldes armado con su revolver multitubo remachado? Por desgracia (o por suerte) no es tan sencillo. Aunque resulte tentador, cambiar el asfalto por adoquines y los spinners por carruajes automotrices no es suficiente.

Primero habría que definir los territorios que tocamos: por un lado el cyberpunk, que para mí siempre simbolizó la frustración del ser humano, desubicado en una sociedad hipertecnificada e incapaz de asumir los cambios provocados por la tecnología. La realidad virtual, los implantes y las luces de neón confunden en vez de ayudar, aumentando la sensación de pérdida y la desconexión con los demás y con uno mismo. Son elementos ajenos, fríos e incomprensibles para los profanos, creados en serie, despersonalizados. Las calles lluviosas y oscuras llenas de gente que no se mira, el brillo de las pantallas gigantes, bloques de apartamentos claustrofóbicos... . Para muchos es un género superado, pero sigue proporcionándonos imágenes evocadoras y muy realistas de a lo que podríamos llegar.
No toda la ciencia ficción es así, está claro, pero el final del siglo XX dejó un trauma y un poso de oscuridad, cinismo e ironía del que pocos autores han sabido librarse. Puede que fuese por la sensación de que a estas alturas ya no se podían contar cuentos como antes.

El steampunk nos hace retroceder en el tiempo y sirve de refugio a todos aquellos desencantados con ese futuro sombrío y de cine negro. No se trata únicamente de un cambio en la tecnología a nuestro alrededor, sino también en la conducta y en la forma de ver la vida. En el mundo steampunk las máquinas son comprensibles y cercanas, no despiertan recelo ni provocan alienación, sino orgullo en el que las crea y el que las usa, como demuestra el hecho de que se decoren y sean cuidadas con tanto mimo. Al fin y al cabo son piezas únicas. Por otro lado, los protagonistas no son antihéroes que arrastran terribles cargas morales y dudas existenciales, sino aventureros que salen al exterior en busca de tierras inexploradas y secretos enterrados. Pero no de cualquier manera, sino fieles a sus convicciones, honorables y con principios. Todo es posible de nuevo.
Hay temas comunes a ambos enfoques, como la rebelión contra el orden establecido (lo victoriano está bastante lejos de una utopía idílica), la simbiosis hombre/máquina o el efecto que produce la tecnificación de una sociedad, pero las diferencias de fondo son más fuertes. El cyberpunk es una metáfora del futuro deprimente que arrolla al individuo, mientras que el steampunk simboliza la pregunta ¿y si pudieramos cambiar de rumbo?