lunes, 20 de abril de 2009


Me enrolé en un leviatrén con doce años, convencido de que lo sabía todo y de que la ciudad que dejaba atrás ya no tenía secretos para mí. No fue en la Victoria Regina, sino en un tren de tamaño más modesto que cubría el recorrido entre mi antiguo hogar y Molodecno. Mi rango era más bajo que el de un grumete vigía, pero estaba contento. Limpié chimeneas sucias de hollín, paleé carbón, me sumergí hasta la cintura en los depósitos de agua de refrigeración... tareas destinadas a desanimar a aquellos menos decididos que yo. Me enseñaron a moverme por el interior de tuberías aún calientes del vapor de la caldera, a colarme bajo los cañones automáticos durante los asaltos para pasar munición a los artilleros o a cortar las cuerdas con las que los piratas trataban de encaramarse a los costados de los vagones (...)

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Relato situado en el mundo de Leviatren, el primero dedicado a esta ambientación.

2 comentarios:

  1. Genial, un relato impresionante.

    Resulta evocador y emocionante, de esos relatos que hacen que quieras preguntarle al autor "¿Ganaron? ¿Siguió el Victoria Regina rodando por las vías durante otro siglo más?" pero que te dé miedo conocer la respuesta.

    Obviamente, queremos más material de Leviatren.

    Por cierto, se te ha colado un "me" en la penúltima línea del segundo párrafo de la página 5. No es nada importante pero no cuesta nada comentarlo.

    Selenio.

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