Desde hace muchos años existe en D&D una serie de manuales dedicada exclusivamente a los niveles épicos, que son, al menos según el esquema clásico, todos los que vayan más allá de 20. En el viejo AD&D las tablas de experiencia llegaban a 20, las de conjuros también y lo mismo para la mayoría de efectos y habilidades. Un guerrero, mago o ladrón de nivel 20 era, y sigue siendo, un personaje impresionante con multitud de recursos de los que echar mano. ¿Pero realmente había -o mejor dicho hay- alguien que llegue hasta ese punto? Según lo que leo en foros y publicaciones de internet, mucha. Será por eso que en el nuevo reglamento, la famosa 4ª edición, el arco jugable irá de nivel 1 a 30.En cierta forma me parece ciencia ficción que alguien pueda alcanzar esas cotas con un personaje. No por falta de dedicación, horas de juego o apego (todos conservamos fichas que hemos llevado durante meses o años) sino por pura lógica de las aventuras. Cuando en mi grupo empezamos en esto del rol, para nosotros lo habitual era rondar siempre los niveles 1 a 3. En broma suelo decir que el nivel 3 para nosotros era alto, y el 6, épico. No éramos especialmente torpes, aunque quizá si demasiado agresivos tanto jugando como dirigiendo: queríamos que todo fuese un reto, y las trampas y los enemigos un verdadero desafío. AD&D no se caracterizaba por tener un sistema de combate y daños realista, pero nosotros estábamos siempre en esa situación en la que un espadazo mal dirigido de un orco podía partirte por la mitad, o como mínimo hacerte un daño considerable. Nunca contamos los puntos de experiencia por enemigo abatido o tesoro encontrado, sino que el master los repartía al final de aventura. Sumado a lo anterior y a que cada aventura duraba dos o tres sesiones, el avance se hacía muy lento. Pronto teníamos objetos mágicos más poderosos de lo que deberíamos y nos codeabamos con príncipes y nobles, ayudando incluso a dirigir el destino del reino. El número que pusiese en nuestra hoja era lo de menos, porque ¿importaba realmente para la historia? Yo creo que no.
Parece que existe una obsesión con el poder y la escalada en armas y magia en los juegos de rol. Si los manuales no dan la opción de llegar a nivel 50 y traen conjuros cuasi-divinos, muchos jugadores no están contentos, como si les estuviese quitando algo indispensable en su camino hacia la perfección. Un argumento habitual es que sin esos super-niveles no es posible jugar ciertas tramas, en las que, supongo, los retos ya no serán de escala local sino mundial (o universal) y el master querrá que aparezcan PNJs y criaturas con capacidad para arrasar continentes. ¿Es que no es posible llegar a Mordor y destruir el Anillo Único siendo una persona normal? ¿No es precisamente eso lo que hace a los héroes, que en el fondo sean tan normales como nosotros?Para colmo los videojuegos han copiado lo peor de esa filosofía: World of Warcraft es el ejemplo que nos vendrá a todos a la cabeza, pero en realidad se pueden contar con los dedos de la mano aquellos que no te etiquetan, catalogan o te ponen en un podio dependiendo de tu nivel. Recuerdo que en The Elder Scrolls: Morrowind y en su antecesor, Daggerfall, era posible avanzar en la trama principal y llegar a todo tipo de sitios sustituyendo el poder que dan los niveles por el ingenio y la habilidad del jugador, pero son las excepciones. Todo el mundo pasa el tiempo recorriendo dungeons y matando monstruos a la espera del objeto definitivo, el siguiente saco de monedas o un puñado de puntos de experiencia. De ahí a que los juegos "de mesa" retomen la idea y la perpetúen aún más, va un paso.
Es cierto que cuando nos ponemos en la piel de un personaje imaginario es para poder aspirar a metas que nosotros, como personas de carne y hueso, no podríamos. De ahí que se busque la superación personal, realizar proezas heroicas y acumular poder y gloria. Ser mejores nos hace sentir realizados. Pero mi duda es: ¿tener estadísticas y puntos de impacto cada vez más altos nos hace realmente mejores protagonistas de nuestras aventuras? Al final parece que el nivel/poder/fuerza se equipara a lo épico, cuando en realidad es una relación ficticia.














