domingo, 27 de noviembre de 2005

Día 1
Escribo estas líneas en la cubierta de un viejo pesquero que ha accedido a llevarnos a mis compañeros y a mí a la zona donde la legendaria isla fantasma fue avistada por última vez. No ha sido fácil porque dicen que una vez que aparece, el mar se vuelve negro y trae mala suerte a cualquiera que lo surque. El capitán es escéptico y no cree que encontremos nada, pero sean tormentas, remolinos, arrecifes o bestias marinas lo que hace desaparecer los barcos en aquel punto perdido del océano, no desea arriesgarse. Yo confío en que se equivoque y sí que haya algo que descubrir. Herramientas, cuerdas, víveres, agua potable, armas... vamos equipados como exploradores sin saber muy bien a qué vamos a enfrentarnos. En este diario dejaré constancia de nuestros progresos.

Día 3
El mar es un desierto infinito y los pescadores parecen alegrarse de que así sea. Hemos llegado sin novedad a los caladeros y ahora están dedicados a su faena diaria mientras nosotros sólo podemos otear el horizonte con esperanza. El cielo está azul y claro, qué ironía que lo consideremos una mala señal.

Día 4

Emprendemos el camino de regreso. He discutido con mis amigos la conveniencia de enrolarnos en otro pesquero o en un buque mercante al llegar a puerto pero la mayoría están desanimados y si al partir la fabulosa isla de Gurang era una realidad escondida entre las olas, el fracaso la ha reducido a cuentos de viejos marineros. Veré si puedo animarles para continuar la búsqueda.

Día 7
Cómo pueden cambiar las cosas en unas pocas horas... todavía me parece estar oyendo al capitán decir que nos desviaríamos un poco para evitar una tormenta. El cielo se había teñido de ese gris y azul que precede al estallido de la tempestad, y aunque pensamos que seríamos capaces de dejarla atrás, parecía perseguirnos como un perro hambriento. Se hizo de noche antes de tiempo. La madera del casco crujía mientras saltábamos y caíamos entre murallas de agua negra y espuma. Sin previo aviso la silueta de una hilera de montañas surgió de la nada y alguien gritó "¡Rompientes!". Antes de poder maniobrar un sonido terrible a madera resquebrajándose hizo palidecer a los marineros a mi alrededor.

El capitán ordenó a varios hombres bajar a accionar las bombas pero ya nos escorábamos como una ballena herida. La extraña costa que no debería estar allí seguía divisándose no muy lejos y mis compañeros y yo intercambiamos miradas significativas. Corrimos a buscar nuestras cosas y desafiando a la lluvia furiosa que nos azotaba la cara las subimos al único bote, convencidos de que de todas formas tendríamos que emplearlo. En ese momento desgarradores gritos de pánico llegaron a nuestros oídos. Venían de la bodega, junto con un gorgoteo que ponía los pelos de punta.

La situación era insostenible. Echamos el bote al agua y nos lanzamos a él. El pesquero amenazaba con partirse en dos. Vi al capitán bajar las escaleras de la cubierta principal con el agua hasta las rodillas. Remamos con todo lo que pudimos, éramos cinco y ni empleando todas nuestras fuerzas conseguíamos alejarnos. Estábamos aterrorizados pensando en que el remolino del hundimiento nos haría zozobrar y nos arrastraría al fondo. En nuestras pesadillas las redes de pesca nos envolvían para llevarnos a una tumba submarina. De repente con un sonido grave, un bramido agónico, proa y popa se separaron y empezaron a erguirse, preparándose para sumergirse definitivamente.

En el ese momento una trampilla se abrió en la parte delantera y vimos salir trabajosamente al capitán. No distinguimos bien su figura hasta que trepó al mascarón, ya casi vertical, y los relámpagos lo iluminaron. Tenía los ojos vidriosos y la mandíbula desencajada en un grito permanente. Su ropa estaba ensangrentada y cubierta de una sustancia gelatinosa. Al vernos sacó una de las pistolas que llevaba al cinto y comenzó a disparar mientras gritaba : ¡Insensatos! ¡Insensatos! La tormenta amortiguaba las detonaciones pero veíamos saltar el agua a nuestro alrededor. Convencidos de que se había vuelto loco maniobramos para alejarnos pero no hizo falta, ya que las olas se lo tragaron a él y a su barco en un instante. En el último segundo me pareció verle erguido, con el cañón de su arma apoyado en la sien. Un estampido me confirmó que había puesto fin a su propia vida ¿por qué? ¿Por qué?

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