viernes, 27 de mayo de 2005

Tambien llamados "thuggee" fueron la secta de asesinos por excelencia, junto con los "hashashins", y su nombre se ha convertido en un sinónimo de sicario o criminal violento. Erradicados de la India en el siglo XIX gracias a los esfuerzos de los ingleses y en especial del administrador William Sleeman, llevaban 600 años o incluso más aterrorizando el país.

Yo recordaba la palabra "thug" de las novelas y películas de Fu Manchú, en las que aparecían como sanguinarios estranguladores hindúes, vestidos de negro y con turbante. Su técnica era muy particular, lanzaban un pañuelo con un peso en un extremo que se enrollaba en torno al cuello de la víctima, a la que seguidamente procedían a asfixiar.

Si su apariencia en el cine era terrorífica, aún lo es más su historia real. Eran adoradores de la diosa Kali y a ella le ofrecían una parte de lo obtenido con sus crímenes. En general atacaban a ricos viajeros con los que trababan amistad en el camino. Se rumoreaba que los terratenientes no veían con malos ojos sus actividades, siempre que se centrasen en los extranjeros y compartiensen con ellos el botín.

Para los thugs el asesinato era parte de su religión y el procedimiento estaba muy ritualizado. La pertenencia a la secta era hereditaria y se mantenía en el más estricto secreto, dándose casos en los que la propia familia no era consciente de la doble vida que llevaba uno de sus miembros: de día padre y esposo perfectamente normal y de noche estrangulador. Contaban con su propio idioma, compuesto de palabras y signos secretos que les permitían comunicarse manteniendo el anonimato.

A este culto de asesinos se le atribuyen casi dos millones de muertes a lo largo de toda su existencia, y a su líder Behram se le hizo responsable de mil, ocurridas en el periodo entre 1790 y 1830. Las cifras probablemente estén exageradas pero sirven para hacernos una idea de la magnitud aproximada de sus crímenes.

Los thugs pueden servir como modelo para todo tipo de sectarios en nuestras partidas. Si se desea se les puede dotar de un aspecto sobrenatural aparte de sus rasgos reales, una resistencia especial a las balas que simbolice la protección de su diosa, por ejemplo. A la hora de utilizarlos podemos valernos de un recurso que se usa en las historias de Fu Manchú de las que antes hablaba: la idea de que lo extraño puede serlo doblemente si se presenta en el lugar más inesperado. Así por ejemplo toparnos con asesinos tradicionales hindúes en medio de Nueva York causará más impacto que si el escenario es Calcuta.

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